Viernes, 2 de febrero de 2007
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cultura
Las emparedadas
El tema ya suscitó el interés del erudito Marcos Antonio de Orellana que escribió su Tratado histórico-apologético de las mujeres emparedadas que, aumentado con algunas notas y aclaraciones, publicó en 1887 Juan Churat y Saurí. Sin embargo, los mismos versos del poeta no dejan claro que el ‘emparedamiento’, práctica al parecer bastante usual en otros tiempos, fuera una práctica voluntaria llevada a cabo por devotas mujeres a modo de penitencia como hicieron los anacoretas o ermitaños.

Por ello, conviene hacer una matización respecto del tipo de emparedamiento a tenor de los datos y testimonios que la historia nos ofrece. Hubo dos tipos de emparedamiento: aquel que con carácter de castigo se impuso a determinadas mujeres por sus faltas y delitos cometidos, nada nuevo en la historia si recordamos el caso de las sacerdotisas vestales que en la Antigüedad eran encerradas al haber perdido su virginidad, y el caso de las mujeres que voluntariamente, con autorización de sus familiares y superiores, decidían adoptar este tipo de vida penitente. Éstas, se retiraban en limitados recintos en la parte exterior de las Iglesias Parroquiales, dedicadas a la oración y vida contemplativa, manteniéndose con una parca comida que se les suministraba a través de una rejilla.

No fue privativo de la ciudad de Valencia; las hubo en Lisboa, en Génova, en los muros de Roma; si bien, como atestigua Escolano, a partir del sínodo del obispo Ayala, se prohibió en adelante tal práctica.

Las hubo en la parroquia de San Andrés como atestiguan las doblas y aniversarios allí fundados para mantener a las emparedadas, o el acuerdo del Consell de la Ciudad del 11 de agosto de 1531 por el que se concede a Quiteria de Mora, emparedada, facultad para tomar un palmo y medio de terreno de la calle, junto a la iglesia de San Andrés. También en los muros de San Esteban, estuvo recluida Angela Genzana de Palomino, de la tercera orden de San Francisco, durante más de 30 años, hasta que la ruina amenazaba aquella parte del templo donde ella estaba y tuvo que abandonar su voluntaria reclusión.

El P. Rodríguez, en su Biblioteca Valentina, nos habla de los emparedamientos de la iglesia de Santa Catalina. Asimismo, hay noticia de su existencia en la desaparecida iglesia parroquial de Santa Cruz, en el barrio del Carmen, antes de que ésta fuera derruida y trasladada al vecino convento del Carmen calzado en 1842. A finales del siglo XVI hay testimonio testamentario de cómo sor Madalena Calabuig, sor Martina Frauca y sor Esperanza Aparisi, vivían emparedadas en la Iglesia Parroquial de San Lorenzo, a quienes iba a confesar el controvertido Venerable Francisco Jerónimo Simó, beneficiado de la parroquial iglesia de San Andrés, lo que indica cómo varió el antiguo sistema de emparedamiento hacia una vida de reclusión en comunidad ya que entre las mujeres emparedadas se elegía a una con el título de ministra para que hiciera de Superiora.

Celda de penitencia
Ello nos lleva a la consideración de que el término emparedamiento implicaba una reclusión punitiva entre cuatro paredes, cual calabozo o enterramiento en vida; mientras que el término emparedarse hay que entenderlo como reclusión en una celda de penitencia y mortificación de la que tantos ejemplos hay a lo largo de la historia. El deán de la Catedral de Valencia y rector de la Universidad literaria, José Cardona, escribió en 1693 su Apología por las mugeres que llamaron emparedadas de la ciudad de Valencia, “provando que estas mugeres que vivian en lo antiguo en reclusiones ó emparedamientos á la parte exterior de las Iglesia Parroquiales de esta ciudad” entraban en reclusion no por pena, ni castigo, sino libre y voluntariamente con aprobación de sus parientes y Directores.

Podemos citar casos de Santas mujeres, como es el de la venerable Inés de Moncada que se recluyó en los montes de Portaceli, o el de santa Oria que, recluida, era cantada por Berceo: “Emparedada era, yacia entre paredes, havia vida lazerada… porque angosta era la emparedacion, teniala por muy larga el su buen corazon…”.

Y, además de estos casos de reclusión individual, con el tiempo las reclusiones en comunidad, formando una especie de beaterio, fueron apareciendo en nuestras tierras.

En tiempos del burrianense Martín de Viciana, en un monte de Bocairente, había siete emparedadas con hábito de la tercera orden de san Francisco: “Hay en un monte alto cerca de la villa un emparedamiento con siete honesta, y venerables mugeres emparedadas. La primera que se emparedo fue Sor Cecilia Ferre: la qual vino del emparedamiento de Santa Cruz de Valencia. Esta casa fue comenzada año 1537. I en el año 1554 se encerro la primera emparedada en esta Iglesia ço titulo de Monte calvario”.

También Viciana nos recuerda el emparedamiento de la villa de Onda: “En la Iglesia hay un emparedamiento donde estan encerradas seis honestisimas mugeres beatas con el habito y regla de San Francisco que son habidas por un dechado de virtud y santidad de vida: y siempre suele haver en este emparedamiento algunas mugeres muy ejemplares, y provechosas para las honradas mugeres de Onda; para rogar al Señor por el bien y conservación de la tierra”.

Quizá el abuso fue la causa de que en el Sínodo del arzobispo Ayala de 1693 se prohibiera en adelante estos emparedamientos; sin embargo, las comunidades admitidas hasta entonces siguieron vigentes y sujetas a visitadores nombrados por el Ordinario, disponiendo que en adelante no se celebrasen misas en sus celdas y encierros, ni aún in artículo mortis. Hoy no queda más recuerdo en el paisaje urbano de tales emparedamientos que los viejos muros de las antiguas parroquias citadas, testigos de un tipo de penitentes que con el tiempo evolucionó hacia beaterios y reclusiones en comunidad de doncellas y viudas.

 
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