Viernes, 26 de enero de 2007
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La huella urbana de san Vicente Mártir
Sometido al potro de la tortura y desgarrados sus miembros, no consiguió Daciano quebrantar el ánimo de Vicente, que será sometido al suplicio del fuego sobre una parrilla e, inquebrantable en su ánimo, encerrado en oscura cárcel sobre lecho de agudos cascos para que no pudiera descansar; milagrosamente, un coro de ángeles le reconforta en su soledad y todos los instrumentos de martirio se convierten en lecho de flores. Vicente entregó su alma a Dios.

No habiendo podido vencer su ánimo en vida, Daciano manda que abandonen su cuerpo en el campo para que las alimañas lo hicieran desaparecer; mas, un cuervo hizo guardia y nadie se acercó. Arrojado al mar, atado a una muela de molino, el mar le devolvió a tierra y le dejó sepultado bajo la arena. Una piadosa y santa mujer, Jónica, recibió las señales verdaderas del yacente cuerpo y, desenterrado, le llevó a una pequeña iglesia desde la cual, con la libertad de culto promulgada por el Edicto de Milán del emperador Constantino, en el año 313, fue llevado a la basílica de San Vicente de la Roqueta donde se le veneró por toda la cristiandad. Es indicativo cómo solamente él y santa Eulalia de Mérida son únicos santos hispanos que figuran entre los mosaicos de san Apolinar en Rávena.

Hasta aquí los datos que facilitan las actas de su martirio, famosas en todos los menologios griegos y martirologios latinos, que facilitan los bolandistas cotejándolas con varias fuentes y que reprodujo Ruinart, arreglándolas de nuevo a la luz de otros manuscritos.

San Vicente Mártir es el patrón de la ciudad de Valencia. Muchas son las cofradías que, en torno a los lugares vicentinos y bajo la advocación del santo, han ido surgiendo en tierras valencianas para evocarle, rendirle culto y propagar su devoción. Desde tiempos medievales, en la España visigótica, la basílica de San Vicente de la Roqueta, convertida en importante centro de peregrinación, siglos antes de que lo fuera Santiago de Compostela, aglutinaba a una importante mozarabía que le rendía culto más allá de los límites de la ciudad tras franquear las puertas de la Boatella y, posteriormente, de San Vicente, situadas en los recintos amurallados que la ciudad tuvo, tanto en época islámica, como en la cristiana tras la conquista. El priorato cisterciense de San Vicente (filial de la catalana abadía de Poblet, que nunca permitió que se erigiera en abadía, pese a que muchos de sus abades fueron primero priores de San Vicente) ocupó siempre destacado lugar en la devoción y cultura del pueblo valenciano. Sucesivas publicaciones municipales se van haciendo eco de descubrimientos arqueológicos y arrojan luz sobre este aspecto de nuestra historia. Y si, hubo tiempo en el que los ‘lugares vicentinos’ sólo se veían atendidos por la devoción de minorías que, calladamente, se ocuparon de mantenerlos decentemente limpios y aptos para el culto que anualmente en ellos se celebra, hoy ya no podemos decir otro tanto; la obstinada constancia de personas y entidades que silenciamos –pero que se hallan en la mente de todo conocedor de nuestras tradiciones y costumbres- ha conseguido la atención y loable actuación del municipio que ha restaurado y evitado que sucumbieran algunos de estos santos lugares que hoy mueven nuestra atención y devoción como cristianos.

Los notables esfuerzos que en su día realizaran Vicente Castell, Emilio Rieta y tantos otros en atención a la conservación de nuestro patrimonio evitando el derrumbamiento del monasterio de San Vicent de la Roqueta, de la Cárcel de San Vicente en la plaza de la Almoina... se han visto recompensados por la repristinación y decoro que actualmente presentan.

Hoy, los lugares vicentinos constituyen todo un rosario de peregrinación que recorre todos aquellos lugares que nos recuerdan la pasión y martirio de san Vicente en nuestra ciudad. Principiando por el templo de Santa Mónica, allí se conserva la columna que, según la tradición, sirvió para sujetar a Valero y Vicente, antes de entrar en la ciudad de Valencia para ser juzgados; inicialmente se hallaba en el mesón de las Dos Puertas de la calle de Sagunto y, derribado el inmueble, pasó a una capilla del templo de Santa Mónica. La cárcel de la plaza de la Almoina, uno de los lugares tradicionales del martirio, recientemente reconstruida, alberga una cripta arqueológica con una capilla cruciforme de época visigótica, quizá perteneciente al obispo Justiniano. El templo parroquial de San Vicente Mártir, en la calle de la Ermita, junto a la plaza de España, recuerda el lugar donde fue arrojado el cadáver para ser devorado por las alimañas; allí se levantó una ermita, de la que se conserva una cripta subterránea en la que se veneraba ‘‘el llit de sant Vicent’’. La capilla cárcel de san Vicente, localizada en un estrecho callejón travesía de la calle del Mar, frente a lo que fue convento de Santa Tecla, conserva en su interior una antigua columna a la que el santo fue atado para ser martirizado, siendo una de las reliquias más veneradas por los devotos que acostumbran a besarla el día de la festividad del santo; fue adquirida por la Ciudad a la familia Boil en el siglo XVII.

Sin embargo, llama preferentemente nuestra atención el conjunto de la iglesia y monasterio de San Vicent de la Roqueta, situado en la calle de San Vicente, junto a la plaza de España, asignatura pendiente del pueblo valenciano, de incierto destino, cuyo acierto significaría el perfecto coronamiento de una obra de recuperación íntegra del patrimonio vicentino. Situado sobre el lugar donde la tradición ubica el primer enterramiento del santo, el descubrimiento de una necrópolis cristiana del siglo IV que surgiera en torno al martyria de san Vicente, avala esta tradición. Desgraciadamente, pudimos constatar cómo las obras del ferrocarril metropolitano de la ciudad destruyeron parte del ábside de un antiguo templo.

En cuanto a sus reliquias, el cuerpo de san Vicente estuvo en Valencia hasta los tiempos del emir Abderramán I (755-788) en que los cristianos, temerosos de su profanación, lo sacaron y llevaron al cabo de San Vicente, en Portugal. Valencia conserva una de sus más importantes reliquias: el brazo incorrupto que actualmente se halla en la renacentista capilla de la Resurrección, en el transaltar y girola de nuestra catedral.

El periplo de la misma nos remonta al siglo XI, cuando el obispo Teudovildo, de camino hacia los santos lugares, la llevaba consigo como protección; habiendo enfermado en Bari, la dejó allí en la catedral donde se conservó hasta finales de la década de los setenta del pasado siglo. Hallándose bajo el patronazgo del caballero italiano Pietro Zampieri, gran admirador de todo lo español, las gestiones llevadas a cabo por el canónigo Vicente Castell lograron la cesión de la misma para nuestra catedral, ocupando desde entonces el lugar preferente en el que ahora se halla.

 
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