Viernes, 19 de enero de 2007
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Castellón
Las murallas islámicas de la ciudad de Valencia
Y ahora podemos preguntarnos: ¿qué queda en nuestra ciudad como testimonio de aquella Valencia que tan clara y determinante influencia tuvo en la forja de la personalidad valenciana? Verdad es que el carácter utilitario de la arquitectura islámica, al contrario de la cristiana que pone sus miras en glorificar a Dios y dejar testimonio de fe a la posteridad, no se presta tanto a su conservación y, la influencia islámica, fue mucho más determinante en otros muchos campos de la actividad humana. De ahí la carencia de grandes monumentos correspondientes a esta importante etapa de nuestra historia que se limitan a los hallazgos arqueológicos que restan en el subsuelo de la ciudad. Hoy podemos decir que sólo los restos conservados de la muralla islámica y los baños árabes, constituyen lo más destacable de tal época. Estos últimos, localizados a espaldas del Palacio del Almirante, entre las calles del Palau y del Milagro, han sido recientemente recuperados para los itinerarios culturales de la ciudad.

La muralla, construida a mediados del siglo XI por Abd al Aziz, nieto de Al Manzor, en la época de los reinos taifas, dejaba fuera de la misma los barrios de la Xarea, al este, y de la Boatella, al sur; en su interior, el alcázar y la mezquita mayor en el centro de la ciudad y, junto a ellos, la Alcaicería, o barrio comercial, se hallaba en torno a las plazas del Collado, Zaragoza y Ayuntamiento; en la margen izquierda del río, los arrabales de la Alcudia y la Vilanova (con su Almunia y jardines reales) completaban el conjunto. El reinado de Abd al Aziz, de 1021 a 1061, constituye la época de mayor esplendor de la ciudad. Sus robustas murallas la convirtieron en la plaza más fuerte de todo Al Ándalus que permitió resistir el cerco del Cid y que, tras la toma por el Rey Conquistador, todavía cumplió su función defensiva hasta tiempos del Ceremonioso en que se levantó el último recinto amurallado que la ciudad tuvo.

Su trazado podemos decir que seguía paralelo al cauce del río desde el puente del Real al puente de Serranos (donde anteriormente estuvo la puerta de Bab al Qantara); aquí daba un brusco giro hacia el sudoeste y, por las calles de las Rocas y Palomino, iba hacia la plaza del Ángel, el Portal de Valldigna y la calle Salinas (en cuyas inmediaciones se hallaba la puerta de Bab al Hanax, o acceso hacia oeste de la ciudad), buscando la plaza del Esparto y la Calderería. Giraba paralela a la Bolsería y por entre las calles de les Dances y la Taula de Canvis atravesaba el solar de la actual Lonja y, en línea recta, seguía hacia la calle de San Vicente y la desaparecida plaza de Cajeros (aquí, entre la plaza de Mariano Benlliure y la calle de Manyans, se hallaba la puerta de la Boatella, acceso sur de la ciudad, en la Vía Sucronense romana de la ciudad). Paralela a la que fue conocida como bajada de San Francisco, ya cercana a la calle de las Barcas, describía una fuerte curva y, bordeando las calles de Barcas y Pintor Sorolla, llegaba hasta la plaza de la Universidad donde describía de nuevo una curva para dirigirse hacia el norte a todo lo largo de la calle de las Comedias hasta la plaza de San Vicente Ferrer (donde, junto a la fachada de la iglesia de Santo Tomás, se hallaba la puerta Bab al Xari’a, que daba acceso al barrio de la Xarea, fuera de la muralla). Desde aquí, paralela a la calle del Gobernador Viejo, llegaba hasta el Temple, donde se encontraba la puerta de Bab al Sakhar, o puerta de la Roca, junto a la famosa torre de Alí Bufat. Otras dos puertas tuvo la muralla, además de las nombradas: la Bab al Qaysariya, junto al actual mercado (muy posiblemente en la calle de Ercilla) que ponía en comunicación la Alcaicería con el barrio de la Boatella; y la puerta de Bab al Wàrraq que, antecesora de la puerta de la Trinidad, se hallaba al final de la actual calle del Salvador.

Cabe preguntarse ¿qué conservamos de este antiguo recinto amurallado, el más sólido de Al Ándalus durante el siglo XI, al decir de los cronistas árabes? Restos arqueológicos tenemos, sobre todo en el barrio del Carmen, en el sector de la muralla que desde Serranos nos lleva hasta los alrededores de la plaça de Sant Jaume. En la calle Caballeros, la cafetería Hanax, pone al descubierto el paramento del muro debidamente restaurado; en la calle Salinas, un abandonado e inestable fragmento de la muralla, sorprende al viandante en mitad de la misma; junto al Portal de Valldigna –única puerta del recinto conservada–, uno de los muros laterales del casal fallero, situado en la casa natalicia de San Pedro Pascual, lo constituye la parte exterior de la muralla; el solar existente en el cruce de las calles En Borrás y Tenerías, deja al descubierto uno de los torreones que formaban parte de la misma; y, formando parte de una de las viviendas situadas en la plazoleta Navarros, junto a la plaza del Angel, hallamos un esbelto torreón, el mejor conservado, de este sector de la muralla. En la actualidad, la demolición de uno de los inmuebles situados al final de la calle En Borrás, permite observarlo desde la misma calle con su foso y las huellas que las construcciones posteriores dejaron en el mismo.

Afortunadamente, estos testimonios de nuestra historia permanecen en pie, sólo atendidos periódicamente por los servicios de limpieza y desbroce de la zona por parte de la administración municipal. Eso sí, a la espera de que una adecuada restauración y en una zona ajardinada que permitiera el acceso a todos aquellos viandantes deseosos de conocer y apreciar los valores ocultos que la ciudad encierra.

 
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