Martes, 2 de enero de 2007
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Cacerías reales en la Albufera
Desde el propio Jaime I, y también sus sucesores, reyes y príncipes han cazado y pescado en la laguna, en espectaculares expediciones
Desde el propio Jaime I, y también sus sucesores, reyes y príncipes han cazado y pescado en la laguna, en espectaculares expediciones
Dice una vieja copla popular valenciana sobre las cacerías en la Albufera:

“El día de Sant Valero / a vintinou de Giner / matarém la fotxa blanca / entre el Palmar y el Saler”.

Viene de antiguo, claro, la afición cinegética en esos extraordinarios parajes naturales, que si los imaginamos siglos atrás los veremos como un gran lago y una frondosa dehesa, a los que los valencianos, de todas las épocas, acudían a cazar y pescar, o simplemente a disfrutar del lugar, como dice el historiador del siglo XVII, Gaspar Escolano: “En cuadrillas de amigos llegan a holgarse con mucho aparato de comidas y músicas, y fletando los barcos que les bastan y cantando y tañendo, entran laguna adentro”...

Escolano no deja de alabar las artes cinegéticas de los valencianos, “que son tan grandes flecheros y punteros –dice– que por remontada que vuele el ave, le dan donde quieren, al vuelo”.

En una crónica publicada en LAS PROVINCIAS, Vicente Vidal Corella abunda en las anotaciones de Escolano y describe otro sistema autóctono de caza: las barcas se desplegaban por el lago formando como una media luna y, al avanzar, acorralaban a las aves hacia los cañaverales, donde se habían dispuesto redes sobre pértigas, y allí las aves, acorraladas, desorientadas por el bullicio, quedaban atrapadas. Entonces, las barcas entraban a las redes y los cazadores las atrapaban.

Cazar “en un arca de Noé”
En aquel escenario grandioso, que, en su época, dice Escolano, de la Albufera que tenía un “circuito de diez leguas”, a lo que hay que sumar el “espeso bosque y jaral” que formaba el entorno, donde era tal la variedad de caza “con infinitos animales terrestres, volátiles y acuátiles”, que era –dice– “un arca de Noé”..., hicieron caza y pesca reyes y príncipes, desde el propio Jaime I y sus sucesores, como Juan I, cuya pasión favorita le valió en Valencia la denominación del Cazador, o su hermano Martín el Humano, a quien los valencianos debemos la autorización a todo el que quisiese hacerlo de poder cazar y pescar en la Albufera, sin carga ni gravamen..., hasta monarcas de las casas reales posteriores que juraron los fueros del Reino de Valencia, como los Austrias.

Cuando Felipe III se casó en la catedral de Valencia con Margarita de Austria, en el año 1599, la ciudad le homenajeó con numerosos festejos, entre los que estuvo –además, y por ejemplo, de una corrida de toros en la plaza del Mercado, en que se “desjarretaron y lancearon” ocho astados por parte de gentes de a pie y caballeros montados– una suntuosa cacería en la Albufera, en la que según el cronista valenciano Juan de Gauna, coetáneo y testigo del real enlace, participaron “trescientas barcas ornadas de flámulas y banderolas, y una de ellas, la gran barca real, toda ella sobredorada y pintada a las mil maravillas, con los remos y jarcias de velas que fueron menester, y en la popa, una muy rica silla de respeto para S. M. N. S. el Rey”.

Eugenia de Montijo y frac
Como hemos dicho al inicio, estas fiestas cinegéticas, que ya habían tenido lugar en la Albufera durante el reinado de anteriores monarcas, se repitieron después con nuevos protagonistas regios. Vidal Corella recoge lo que un periódico de la epoca cuenta de la cacería extraordinaria que, en 1863, se organizó para disfrute de la entonces emperatriz de los franceses, la española Eugenia de Montijo, casada con Napoleón III.

Decía el periódico de los preparativos: “Se han buscado y se han adornado los botes necesarios; se han dispuesto los puestos convenientes, y los cazadores más decididos de la ciudad preparan el frac y la corbata blanca. Parece que la tirada será divertida, pues estos últimos días han entrado muchas aves en el lago”.

Las crónicas citan que, como costumbre inmemorial, la embarcación de la emperatriz “era conducida por el jurado –traduzcámoslo por una especie de alcalde pedáneo– que tiene el privilegio de llevar el timón de la falúa de las personas reales que visitan la Albufera”. En otras barcas se colocaron las autoridades, sequito de la emperatriz y convidados. “El Ayuntamiento de Ruzafa iba en una góndola entre los ilustres expedicionarios”, citaba el periódico, agregando que “multitud de botes con expertos barqueros y cazadores seguían a la comitiva”.

 
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