Viernes, 29 de diciembre de 2006
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El retablo de plata de la Catedral de Valencia
Fue ésta, sin lugar a dudas, una de las más preciadas joyas de la Catedral de Valencia que presidió durante años el altar mayor. Labrado entre 1489 y 1506 por el pisano Piero da Ponce, el citado Agustín Nicos y los plateros valencianos Francisco Cetina y Bernat Joan, el Cabildo catedralicio decidió protegerlo con unas mamparas batientes, decoradas por ambos lados con motivos marianos. De él sólo queda como recuerdo una tablilla pintada en el siglo XVIII conservada en el archivo de la Catedral y que aquí reproducimos. Representaba los Siete Gozos de la Virgen a los que se añadió en el centro un tema de la Asunta, salvada del primitivo retablo, y arriba una Coronación de la Virgen. El conjunto se completaba con sus monumentales puertas que sólo se abrían en las grandes solemnidades con espectacular efecto. Narra Ponz que cuando Felipe IV conoció el conjunto exclamó que si el retablo era de plata, las puertas le parecían de oro, en clara alusión a la calidad y belleza de las mismas. Tenidas estas doce tablas de las puertas hasta el siglo XIX por obras de Pablo Regio y Francesco Neapoli (es decir, Pablo de San Leocadio y Francesco Pagano), equívoco debido a que fueron los autores de los frescos de paredes y bóveda, recientemente recuperados, ya el mismo Ponz, impresionado por su belleza, las hacía dignas de Leonardo da Vinci.

El primer retablo de plata
Sin embargo, no fue éste el único retablo que tuvo el altar mayor de la Catedral. Anteriormente, en el último tercio del siglo XIV, en tiempos del obispo Vidal de Blanes, ya que la catedral se halla bajo la advocación de la Virgen María, se decidió construir un gran retablo de plata nombrando procurador y encargado de la referida obra a Marcos Carbonell; en él trabajaron los plateros Pedro Bernes, Juan Diana, Natal del Bosch y Joan Jordi, quienes realizaron las escenas de la Natividad, la Visitación, la Entrada de Jesús en Jerusalén y la Resurrección. Faltos de recursos para continuar la obra, el Consell de la Ciutat colaboró con mil florines de oro de Aragón para la imagen de la Virgen que debía presidir el retablo y ello, unido a la venta de censos y donaciones particulares permitió concluir los trabajos a los que se incorporaron otros plateros como Bartolomé y Bernardo Coscollá, Jaume Busquets y otros. La obra se finalizó en 1419 y, como dice Pahoner en sus “Especies perdidas”, tenía ocho nichos y pesaba 9.530 onzas y tres cuartos.

El incendio del retablo
Fue el 21 de mayo de 1469, domingo de Pentecostés, cuando, haciéndose una representación de la venida del Espíritu Santo, ‘la Palometa’, una chispa desprendida de aquella prendió poco a poco en la estructura de madera que sostenía la plancha de plata del retablo y ardió todo quedando completamente destruido. El “Dietari del Capellà del Magnànim” nos pormenoriza el hecho así como lo poco que del mismo se salvó.

El nuevo retablo
La consternación por el incendio y la fe de aquello tiempos hizo que se pensara de inmediato en construir un nuevo retablo mucho mayor. Se encargó a los plateros valencianos Francisco Cetina, Juan Nadal Davó y Jaume Castellnou, la recomposición de la imagen de la Virgen para colocarla en el altar y se terminó el retablo de madera a la espera de sacar a concurso el nuevo de plata. Las sumas necesarias eran elevadas, pero las limosnas y las indulgencias que por ese objeto concedió el papa Calixto III en 1489 permitieron no interrumpir las obras que llevaron a cabo los mencionados Cetina, Ponce y Nicos. El libro de cuentas que para consignar expresamente los gastos de la obra se halla en el archivo catedralicio,. detalla los trabajos y el protagonismo que en tan magna obra tuvo el pisano Barnabo Tadeo de Piero da Ponce, principal artífice del mismo. Con sus escenas representando la Asunción, el Espíritu Santo, la Coronación, la Natividad, la Adoración de los Magos, la Ascensión, la Anunciación y la Resurrección, el retablo se terminó en 1506, sólo faltaba la imagen de la Virgen que se encargó a Bernardo Juan Cetina. El Padre Teixidor describe en sus “Antigüedades de Valencia” con gran detalle joya tan preciada que el Cabildo limpió y restauró en varias ocasiones.

Este delicado trabajo de orfebrería tuvo un final desastroso. En tiempos de la guerra de la Independencia el Cabildo, temeroso de que la plata de la catedral peligrara, para ponerla a salvo metió en 58 cajones todo lo que tenía de valor, incluso el retablo, y después de muchas peripecias que le pusieron en peligro de perderse, el gobierno español se apoderó de él en 26 de febrero de 1812 para convertirlo en moneda, de la que el erario público consiguió una cantidad insignificante si atendemos al valor artístico que tenía; latrocinio oficial que se verificó en Mallorca de orden de José Canga Argüelles. Así nos lo cuenta el canónigo-archivero J. Sanchis Sivera en su obra “La Catedral de Valencia”,

Tras el expolio sufrido, el retablo de la Catedral quedó cerrado con sus hermosas puertas hasta que a petición del Cabildo el gobierno le entregó en 1847 la imagen de la Virgen procedente de la suprimida Cartuja de Portaceli que pasó a ocupar el centro del hueco que ocupaba el rico retablo de plata perdido. Más tarde, en 1867 se labró un nuevo retablo de cobre dorado de estilo gótico florido, que fue el último que tuvo la catedral metropolitana de Valencia.

 
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