Martes, 26 de diciembre de 2006
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EDICIÓN IMPRESA

Valencia
Desarrollo sostenible (y III)
Un municipio que urbanísticamente no ha crecido nunca tiene que desarrollarse. De otro modo será imposible satisfacer “las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras”. Cuando se compare con los municipios que sí lo han hecho quedará en inferioridad tanto en la calidad como la cantidad de las dotaciones y servicios públicos locales.

Ahora bien, todo desarrollo hay que hacerlo con prudencia y planificación, sin precipitarse y teniendo en cuenta todas las posibilidades que puedan calcularse sobre los efectos de esa expansión. Es decir, hay que gestionar bien el desarrollo y no caer en las profecías de los agoreros que solamente desautorizan y no aportan ninguna alternativa a la mejora.

Mediante la prudencia y la planificación, el desarrollo hay que convertirlo en útil para que acabe por ser necesario. Pero puede que eso sea pedirles a algunos demasiado, ya que quienes no saben para qué sirve el desarrollo bien gestionado, acaban por concluir que no sirve para nada. Desconocen que las cosas se convierten en necesarias cuando se les encuentra utilidad.

La decisión de desarrollarse es un argumento de igualdad y justicia. La renuncia al desarrollo perjudica. Si un municipio ha decidido preservar el medio ambiente por encima del equilibrio, se irá empobreciendo. Y tal debilidad económica repercutirá negativamente en el bienestar y nivel de vida de su población.

La preservación del medio ambiente de una forma desequilibrada no produce beneficio social; pero de su actuación sí se habrán beneficiado el resto de municipios que decidieron no preservar desequilibradamente el medio ambiente. Sus ciudadanos podrán disfrutar del beneficio del medio ambiente que aquel municipio ha decidido preservar, aún en perjuicio de su calidad de vida, y sin coste alguno para los habitantes de los municipios que decidieron no proteger sus recursos naturales, así como de los vecinos de las poblaciones que directamente se hubieran convertido en insostenibles, sobre todo, cuando las mayores desautorizaciones al desarrollo provienen de dirigentes que rigen municipios mucho más desequilibrados urbanísticamente que los que pretenden desarrollarse.

Así pues, el límite del desarrollo sostenible, la frontera de “no comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades” no puede ser otro que el agotamiento de sus propios recursos naturales. Por lo tanto, el desarrollo sostenible ha de entenderse en el sentido que el nivel de desarrollo procure más beneficios que perjuicios, teniendo en cuenta la limitación de sus propios recursos naturales, habiendo de detenerse cuando se hayan agotado, frontera a la que Palma de Gandia todavía está muy lejos.

Por todo lo manifestado, este escrito solamente va dirigido a quienes hayan confundido la transformación con la destrucción; a los que confundan la verdad con sus dogmas, y a quienes pretendan que la realidad se confunda con sus alucinaciones.

Porque la transformación la produce la planificación, y la destrucción es producto de la negligencia; la verdad es voluntaria y el dogma siempre ha de ser impuesto; porque la mayoría de “iluminados” no son más que “alucinados”, y para que no puedan someter a la colectividad con sus propias alucinaciones. Este escrito va dirigido a quienes no son políticamente casi nada porque, por todo esto, no les tiene en cuenta, afortunadamente, casi nadie.

 
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