Viernes, 22 de diciembre de 2006
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EDICIÓN IMPRESA

Valencia
Ostentación y lujo en la Valencia foral
La lectura de esta gráfica descripción del paisaje urbano que sorprendió a J. Münzer en 1494 nos lleva a imaginar un cierto paralelismo entre aquella Valencia del cuatrocientos, rica, poderosa y emprendedora, con la ciudad actual, bulliciosa, abierta y acogedora, acariciada por un mar por el que tantas culturas e influencias llegaron que con el tiempo vinieron a configurar los rasgos determinantes de la personalidad valenciana.

Y añade el alemán respecto de la cortesanía valenciana: “El pueblo de Valencia es extraordinariamente afable y cortesano. Viven en la ciudad dos duques, uno de ellos hijo del papa Alejandro VI; muchos condes, como los de Oliva y de Anversa, y más de quinientos caballeros. Los mercaderes, artesanos y clérigos pasan de dos mil. Visten los hombres ropa larga y las mujeres con singular pero excesiva bizarría, pues, van descotadas de tal modo que se les puede ver los pezones; además, todas se pintan la cara y usan afeites y perfumes, cosa en verdad censurable”.

Centro de negocios
Es evidente que está hablando de aquella Valencia que, “centro principal de los negocios de España como antes lo fue Barcelona”, se hallaba construyendo la Lonja de los mercaderes; con una importante Universidad en la que destacaban, sobre todo, los estudios de medicina; con una hermosa catedral en la que se estaba labrando su famoso retablo de plata que vino a sustituir el que años antes, en 1469, fue pasto de las llamas por los fuegos artificiales que en la celebración de la bajada del Espíritu Santo, ‘la palometa’, prenderían en su estructura de madera; ciudad de múltiples y bellos jardines (“tan extraordinariamente amenos, que nos creíamos en el Paraíso terrenal”) donde el arrayán, artísticamente trabajado, presentaba variadísimas formas herederas, sin duda alguna, de un pasado islámico; ciudad de famosos e importantes monasterios, dentro del recinto amurallado y fuera del mismo, rodeados de una espléndida huerta cuyos frutos pormenoriza en su descripción (“el campo valenciano es fertilísimo, pues produce inmensa variedad de frutos, que se exportan a otros países”).

Estas elogiosas impresiones sobre nuestra ciudad y su opulenta sociedad que nos describe el viajero alemán, nos las repetirá un siglo después, el francés Barthelemi Joly cuando en 1603 visitó la ciudad. Cierto que su aspecto monumental y la belleza del paisaje con sus feraces huertas de innumerables frutos siguen sorprendiendo al francés que se deshace en elogios y parece como si la crisis del seiscientos no hubiera afectado a la sociedad valenciana: “No hay en toda España tanto esmero en vestirse, con tanto lujo y fausto como en Valencia. En ellos, la elegancia y el buen gusto son casi innatos, e incluso todas las gentes de los oficios van vestidos de seda”. J. Sanchis Sivera en su “Vida íntima de los valencianos en la época foral” nos explica cómo el lujo en el vestir constituyó una verdadera exageración: el ‘ terçanell’ , ropa de seda semejante al tafetán pero más doble y lustrosa, el ‘ chamelo t’, tejido hecho con pelo de camello y mezcla de lana, el ‘cetí’, tela de seda muy blanca, la finísima ‘beatilla’… eran corrientes; y las piezas de ropa muchas y muy variadas: el ‘ gipó ’, jubón o chaleco que cubría desde los hombros a la cintura, ceñido y ajustado; la ‘cota’, especie de bata o sotana con mangas que también usaban los hombres; la ‘gonella’, túnica o saya que llegaba hasta el suelo; ‘alcandores’, vestidos de seda blanca, muy holgados, con anchas mangas; la ‘justitina’ o justillo sin mangas, de uso interior; la ‘almexia’ ropa interior de mucho precio; amén de un sinnúmero de vestidos de abrigo, capas y mantos que se orlaban de armiños, martas y también de seda. Las mujeres llevaban la cabeza cubierta utilizando velo, toca, gorra, redecilla, adornados con bordados de oro, plata, sedas… entre los que se ensartaban perlas y pedrería; en los pies, zapatos o tapines que se resguardaban de los barros con ‘chanclos’ o ‘rotlons’, mientras que la gente pobre calzaba ‘escarpins’.

Sin embargo, esta obsesión por el lujo y la apariencia, llevó a ciertas damas a disimular sus carencias y hacer de la obligatoriedad una virtud; pues, como reseña Joly: “Las damas van tan magníficamente vestidas, adornadas y pintadas que parecen diosas. Las que no tienen medio de ir en coche ni vestirse aparatosamente caminan a pie, apoyadas en la mano de un modesto escudero y llevan el escapulario de alguna Orden religiosa como jacobinos (dominicos), cordelera (franciscana), mínima u otra, para que las apariencias de devoción disculpen la imposibilidad de ir bien vestidas y poder cambiarse a manudo de ropa, no careciendo para eso de voluntad”.

Paseo al Grao
También el paseo al Grao entraba dentro de las costumbres de la sociedad foral. Lugar concurrido de obligatoria visita (“a más de media legua de Valencia, por huertos y filas de moreras blancas”), a él se llegaba más allá de la puerta y puente del Mar. El conocido grabado de Crisóstomo Martínez que ilustra la obra de Tomás Güelda, “Descripción del Muelle que la ciudad de Valencia ha mandado fabricar en su playa…” (1686) nos da una estampa costumbrista de las gentes de la ciudad que con sus monturas y coches tirados por caballos a él se acercaban. El coche de caballos, introducido en España en 1546, según Méndez Silva, durante el reinado de Carlos I, ya era muy frecuente, al decir de Orellana, en la Valencia de 1584. En 1603 Joly decía: “Los coches son tan corrientes que, a mi parecer, no se pueden encontrar tantos en ninguna ciudad francesa, excepto en París. Los de condición mediocre se unen entre dos para hacer uno y aquel que no tiene cochera para guardar el suyo, lo sujeta por la noche por la parte trasera e introduce la lanza por alguna ventana para tenerlo así atado. Como el invierno es allí templado, los coches no se estropean por estar al aire, hallándose cubiertos de hule rojo o de otro color, adornados con gruesos botones y cordones de seda, con vidrios y espejos alrededor. El tiro corriente son dos mulas que van al paso, pero ahora casi todos ponen cuatro”.

Efectivamente, esa preocupación por las apariencias de que hacían gala los valencianos del seiscientos llevó a la necesidad de promulgar distintas pragmáticas para poner orden y regular el uso de los coches. En 1611 la “Pragmática en que se da la forma, cerca de las personas que se prohibe andar en coches y los que pueden andar en ellos y como se hayan de hacer y que sean de quatro caballos” y, posteriormente, la de 1654, “Real Pragmatica, feta per la Magestat del Rey nostre Senyor sobre que no puguen portar sis mules en los Coches, ni los Cocheros descuberts”, vinieron a reglamentar su uso, pues, como decía A. Jouvin, el tiro de seis caballos era exclusivo del rey..

Hoy, de nuevo Valencia vuelve su mirada hacia el mar. Su puerto recupera el protagonismo comercial que en otras fechas tuvo y que hizo posible que aquí surgiera en 1283 el Consulado del Mar, tribunal que entendía de asuntos marítimos y mercantiles, cuya jurisdicción desempeñaban dos cónsules elegidos anualmente por los prohombres del mar que serviría de modelo para la creación de otros consulados como el de Mallorca, en 1343, o el de Barcelona en 1347.

 
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