Martes, 19 de diciembre de 2006
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Navidades de turrón y magia
La sopa de “menudillos”, el cocido valenciano con “pilotes i blanquet”, gallina o pavo, “casca i coques fines”, “dolços i llepolíes”, desfilaban en el tradicional “dinar de Nadal”
La sopa de “menudillos”, el cocido valenciano con “pilotes i blanquet”, gallina o pavo, “casca i coques fines”, “dolços i llepolíes”, desfilaban en el tradicional “dinar de Nadal”
Valencia es tierra de bien y buen comer, por la abundancia, calidad y variedad de la materia prima de la que siempre ha gozado y de la que se han hecho eco gentes de fuera y de aquí, de ahora y de antaño.

Nada menos que Luis Vives en sus Diálogos (1768) decía del mercado de Valencia en su época: ”¡Qué mercado tan grande, qué de mercaderías, qué olor el de las frutas, qué variedad, cuanta hermosura...!”

Y, antes, cuando en 1599, se casó en Valencia el rey Felipe III, el cronista del enlace, Juan de Gauna, resalta la “grandessa de berienda y confituras y dulces” que se sirvieron en el banquete nupcial celebrado en la Lonja.

Gastronomía navideña
Claro, que a veces nos pasamos, y es conocido el reproche de San Vicente Ferrer, que en uno de sus sermones recrimina a los valencianos “les fartaes”... Pero en Navidad la gula está justificada y además es venial...

Vicente Vidal Corella en una crónica de costumbres publicada en LAS PROVINCIAS hablaba del mil ochocientos... y decía que “la gastronomía valenciana, suculenta y desarrollada con exuberante magnanimidad mantiene en “les festes de Nadal” –y de antiguo viene la costumbre, hay que añadir– la esplendida cena de Nochebuena, a la que sigue el solemne “dinar de Nadal”, y tras los tres días de Navidad, y para finalizar, el “dinar d’any nou”, y, naturalmente el epílogo suculento del día de Reyes.

La clásica cena hogareña de la Nochebuena se ha complementado siempre, en la costumbre valenciana, con la suculenta comida de Navidad, en la que por lo regular no faltaba el tradicional cocido, abriendo marcha la sopa de “menudillos” o de arroz, servido en diversos platos, con garbanzos gruesos y mantecosos, patatas, nabos, verdura de col rizada y judías tiernas, la carne, los chorizos, las morcillas, “blanquets”, el tocino, “les pilotes”... Y las gallinas o el pavo. Sin faltar, naturalmente, entre la diversión de complementos los vinos, café, licores y dulces, de los que es tradición la riquísima “casca” rellena de batata o yema, “les coques fines” y los turrones en su esplendida variedad.”

Mercados rebosantes
El mágnifíco Mercado Central que conocemos hoy –excelencia arquitectónica y rebosante en sus ricamente abastecidas paradas– es heredero de una historia antigua. En 1261 el propio Jaime I concedió a la ciudad de Valencia un terreno y el privilegio para un mercado. Y no fue poca la dimensión del mismo, pues desde el templo de los Santos Juanes, se alargaba por lo que hoy son la Plaza del Mercado y Avenida Maria Cristina, hasta la zona de las calles del Trench y San Fernando. Una buena porción de terreno si lo comparamos con el tamaño de la ciudad y eso hasta ya entrados siglos después.

A ese mercado de tenderetes, más tarde denominado Mercado Nuevo, de soportales, por ello conocido también como “Mercado de los Pórticos”, y hasta que en 1928 se inauguró el actual Mercado Central, se unían en Navidad la “Fira de Nadal”, dedicada fundamentalmente a pastelería y confitería propias de la festividad, y la actual Plaza Redonda, el antiguo “Clot”, donde se instalaba el llamado “Mercado de Pluma”, con toda clase de volátiles...

Como ya hemos citado las alabanzas de Luis Vives al mercado de su tiempo y dicho que en la boda de Felipe III se sirvieron dulces, hasta “ciento cincuenta platos” diferentes, según Gauna, sólo queda remontarnos en la historia de la fama de la confitería valenciana –”dolços i llepolíes”– hasta 1407, en que los jurados de la ciudad aprueban la instalación en Valencia de la primera industria propia de fabricación de azúcar, dando lugar a un definitivo florecimiento de la artesanía del dulce.

Vidal dice que consta documentalmente que monarcas y príncipes hacían pedidos a los “sucrers” valencianos de dulces y golosinas “per a les festes de Nadal” desde la epoca medieval, siendo de antiguo el dulce más apreciado el turrón”. Y Gaspar Escolano, en su Historia de Valencia (1609), alaba a Jijona por la “admirable confección de turrones que corren por Europa como cosa de grande regalo”.

 
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