Martes, 12 de diciembre de 2006
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Valencia
Boda en Valencia de Felipe III
Un suntuoso banquete, donde se ofrecieron más de ciento cincuenta platos, en servicios de plata y oro, se celebró en el salón del Consulado de la Lonja
Un suntuoso banquete, donde se ofrecieron más de ciento cincuenta platos, en servicios de plata y oro, se celebró en el salón del Consulado de la Lonja
L a boda de Felipe III en Valencia no fue la primera de un rey en esta ciudad, cabecera de Reino. Antes habían celebrado aquí nupcias Pedro el Ceremonioso (1348) y Alfonso el Magnánimo (1415), dos grandes monarcas del Reino de Valencia y la Corona de Aragon. Sin embargo de la boda del Austria Felipe III se escribió mucho, relaciones, crónicas...

El motivo hay que buscarlo en el momento del acontecimiento, con los Austrias en el punto de inflexión de su dinastía, el auge antes de la caida, tiempo del espendor, que, por contra, había perdido la corte virreinal de Valencia desde la muerte de Germana de Foix y del duque de Calabria, que habían creado en Valencia la más brillante corte de España, puro Renacimiento, en lujo y refinamiento –el Renacimiento entró en España por Valencia, como ratifican los recién restaurados frescos de la Catedral, que datan del primer Renacimiento–. En esas circunstancias una boda real “desperezaba” en Valencia los fastos nunca olvidados de su otrora corte y el monarca invitado se beneficiaba de la excelencia que para las celebraciones mostraban los valencianos. No extraña, bien al contrario, que en el origen la decisión de Felipe III de celebrar su boda en Valencia, encontremos a su “valido” el marqués de Denia, de la casa de los Borja, buen sabedor de la generosidad de los valencianos.

950.000 ducados
Porque, fueron los valencianos los que corrieron con el grueso de los gastos de la fastuosa boda, para celebrar la cual, Felipe III, y con él toda su corte, estuvieron viviendo en Valencia nada menos que tres meses.

Lope de Vega, que asistió a la boda en el séquito del marqués de Sarriá del que era secretario en aquel entonces, escribió esta cuarteta: “A las bodas venturosas/ de Felipe de Madrid/ lo mejor del Manzanares/ vino a Valencia del Cid”.

La Histora ha dejado reseñado que los gastos de la boda de Felipe III con la archiduquesa Margarita de Austria, ascendieron a 950.000 ducados, y no hay que pensar que todos salieron de las arcas reales. En una crónica publicada en LAS PROVINCIAS, Vicente Vidal Corella anota que los jurados de la ciudad gastaron 3.000 ducados, sólo en la colación del banquete nupcial.

“Solemnísimo sarao”
Eso sí, el cronista de la época Felipe de Gauna se refiere a tal banquete como “la más gallarda festa y solemnísimo sarao de cavalleros y damas que se dio para festejar las bodas de sus Magestades...”

Tras la ceremonia de la boda, celebrada en la catedral, el 18 de abril de 1599, y bendecida por el patriarca Juan de Ribera, la fiesta se celebró en la Lonja, adornada en su interior con telas de brocado y terciopelo carmesí con adornos dorados y numerosos tapices que adornaban las paredes del magnífico salón columnario, que funcionó como salón del trono, para lo que se instalo un dosel con un “gran escudo bordado con las armas de su Magestad el Rey nuestro señor, con muchas piedras, perlas y diamantes de gran valor, estando las paredes de los lados del dozel adressadas de riquísimos paños y colgaduras bordadas en plata y horo”. Todo ello –añade Vidal– “cuidadosamente dispuesto por los jurados valencianos”, es decir, añado yo, pagado por la ciudad.

Y, por fin, el banquete, que se celebró en el salón del Consulado. Por la crónica de Felipe de Gauna conocemos que se ofrecieron más de ciento cincuenta platos servidos en fuentes de plata labrada, y dos de oro, especialmente para los reyes, y anota con preferencia la muy valenciana variedad de confituras y dulces que se sirvieron, en una mesa “de más de cinquenta pies de largaria, la cual estaba cuvierta de vistosos y delicados tapetes de horo y sedas de colores”.

“Desaparescieron los platos”
Sigue Gauna su relato diciendo que el monarca quiso divertirse dando autorización a quienes le acompañaban para que abordasen la mesa “y comiessen della dando saco y robo en toda aquella riquessa y valor de colasción, y fueron tan puntuales las damas y cavalleros que por momentos se dessiso y desaparescieron toda aquella grandessa de confituras y berienda, haciendo lo propio de algunos platos de plata que no parescieron más”... Habia anochecido cuando comenzó el baile en el salón de las Columnas.

 
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