El mercado Central ha sido protagonista de una de las polémicas del verano por la afección que la instalación del aire acondicionado causaba en las columnas del histórico inmueble. Finalmente, ha tenido que volver de vacaciones la alcaldesa Barberá para poner a todos firmes y dar con la solución del asunto: aparatos individuales encima de cada puesto y tapados por los carteles anunciadores de los establecimientos.
Sin embargo, el fondo de la polémica no es nuevo, y no es otro que el uso que se da a los edificios antiguos y su acomodación a los nuevos tiempos y a las necesidades actuales. Vayan anotando otra para dentro de poco: la plataforma elevadora que pretende instalar el Arzobispado en la Catedral con el fin de que los turistas puedan recorrer la azotea del templo.
La construcción de ascensores en los palacios de los cascos históricos o la sustitución de la carpintería de madera por materiales que aíslan mejor han sido conflictos que los particulares o las entidades que se han decidido a restaurar edificios históricos han tenido que pelear con los arquitectos de la Conselleria de Cultura, supuestos guardianes de la ortodoxia conservacionista. Y digo supuestos porque esos mismos arquitectos son los que permitieron el atropello del teatro romano.
Pero mientras los inmuebles singulares, como el mercado Central, salen adelante, la arquitectura doméstica, es decir, los edificios de viviendas del centro histórico de Valencia construidos entre el XIX y la primera mitad del XX, las típicas
casas de poble
de la mayor parte de nuestros municipios, y los chalés antiguos de las urbanizaciones clásicas, sufren peor suerte, aquejados por esa enfermedad muy de nuestros tiempos que sentencia a muerte casi todo lo antiguo por el mero hecho de serlo. Así, esos viejos chalés, rodeados de espectaculares pinadas, caen derribados y en su lugar aparecen cuatro o cinco adosados, todos exactamente iguales, diseño caja de zapatos, sin terrazas, sin patios, sin apenas ventanas, sin la torre mirador pero, eso sí, con muchos metros dentro para que papá y mamá y el único hijo o, a lo sumo, la parejita, tengan suficiente espacio y, a ser posible, no tengan ni que hablarse.
Pues bien, todo eso, chalés,
casas de poble
y edificios de viviendas, también es historia, y no sólo el mercado Central.