Plutón necesita un espónsor. O una Ley de protección integral o una plataforma en defensa de los cuerpos celestes marginados o, sencillamente, que le adopte González Pons que para eso es conseller de Territorio y Vivienda porque, si Plutón no es un planeta, al menos será un territorio ¿o tampoco?
Después de pasar todo el verano con el alma en vilo y los libros de texto en
stand by
a cuenta de la definición de “planeta”, los astrónomos dicen ahora que ya no son nueve los planetas del sistema solar sino que se quedan en ocho “de los de antes” y, quizás, algún “fichaje galáctico”, nunca mejor dicho.
Extraña, pues, que todavía no haya aparecido nadie a defender la honorabilidad del planeta impostor. A estas alturas, si se tratara de otra cuestión, ya habría un grupo vociferante reclamando el derecho, de los planetas relegados, a ser considerados como todos los demás porque ¿a qué viene esa discriminación? ¿Por qué no tiene derecho Plutón a seguir siendo un planeta? Y, por fin... ¿con qué autoridad definen los astrónomos la realidad espacial? ¿Acaso viven en Plutón?
La cuestión se ve mucho más clara cuando no hablamos de astronomía sino de otros entornos vinculados a las Ciencias Sociales en los que el cambio de una definición puede no ser tarea de los expertos sino de los intereses de turno, sean políticos, sociales o ideológicos.
Uno de ellos, de reciente actualidad, es la definición de “matrimonio”, que no se discutió en un foro de especialistas sino en el entorno político y, sobre todo, en el políticamente correcto. Con ello, han sido los políticos quienes han establecido qué es una familia y qué es un matrimonio.
Si se aplicara la misma forma de proceder al sistema solar, hoy podríamos decidir, por mayoría, que “planeta” es cualquier cosa que va por el espacio y tiene vocación de planeta. Por ejemplo, un asteroide. Me dirán, quizás, los astrónomos que un asteroide, por mucho que quiera, tiene rasgos que le hacen distinto a un planeta. Que cada cuerpo celeste es diferente. Que conviene distinguirlos para estudiarlos, conocerlos y tener una visión lo más ajustada posible a la realidad. Que la confusión no es científica e impide el conocimiento. En definitiva, que una cosa es un asteroide y otra, un planeta.
A todo ello, yo argüiría que si ese asteroide se considera planeta, la sociedad lo ve como planeta y la mayoría está de acuerdo y lo plasma en un texto que se convierte en ley, ¿cómo voy a negar al asteroide que sea feliz?, ¿quién soy yo para negar lo que parece ser la realidad? Y, sobre todo, ¿cómo puedo ser tan antidemocrática como para impedir que la mayoría se pronuncie?
Ante eso sólo hay una respuesta: la mayoría tiene derecho a pronunciarse, pero no a tener razón.
Seguramente es una comparación falaz y chusca porque la astronomía no utiliza los mismos métodos ni modos de investigación que la antropología o la sociología y ambos conceptos, “planeta” y “matrimonio”, tienen implicaciones muy distintas. Es cierto, pero hay un elemento común que es el núcleo del problema: quién tiene la autoridad para definir la realidad.
En Física decir que el cometa Halley es un planeta habitado por seres luminosos puede ser ocurrente pero alejado de la realidad. Por mucho que el autor de esa afirmación reclame su derecho a decir lo que quiere, eso no convierte lo dicho en una verdad o en algo digno de ser tenido en cuenta. Es la autoridad del experto la que nos da confianza porque creemos que, gracias a sus conocimientos, lo que él diga estará más cerca de la realidad. Es decir, demostrará que el científico “descubre” la realidad, no la “fabrica”.
El problema, ante otros conceptos como “matrimonio”, es que la mayoría política desplace a los expertos y se autoconceda autoridad. Sin duda, la tiene para tomar decisiones sobre la gestión de los recursos comunes pero no para definir la realidad.
A no ser que, al más puro estilo del totalitarismo fascista, decida que la realidad es lo que el dictador y el partido dicen que es la realidad. Y lo demás, pura insurgencia.