La transgresión siempre se ha definido como la capacidad para romper con lo establecido, sobre todo en el terreno del pensamiento y la moral dominantes. Los intelectuales y artistas, con frecuencia, la potencian para crear espacios de libertad en los que hacer que la sociedad receptora de sus obras tome conciencia de sus atavismos y acabe con las ataduras que la atenazan. En ocasiones, ha supuesto el modo de activar el avance social y dar clarividencia a los ciudadanos, acostumbrados, con facilidad, a que la norma es inmutable e incuestionable.
A veces, sin embargo, la transgresión se confunde con el mero escándalo y, con ello, se hacen palpables aún más las esclavitudes a las que sirve la intelectualidad totalitaria porque ni siquiera las reconoce; con esa dinámica confunde “transgresión” y “exclusión de quien piensa distinto” con lo que consigue, precisamente, erigirse en un establecedor de pautas a cuenta del ataque a las mismas. Se evidencia, de ese modo, que lo perseguido no es romper las normas sino imponer las propias.
En ese patrón se inserta la diferencia entre la “provocación”, derivada de la ruptura de lo establecido, y el “escándalo”, buscado por sí mismo y no como consecuencia inevitable del fin principal: la disolución de las normas, de por sí escandalosa.
Cuando eso ocurre –y más cuando el escándalo tiene un fin lucrativo–, se está negando las virtudes que posee la actitud transgresora. Eso es lo sucedido con
El código Da Vinci
o con el espectáculo de Madonna en Roma y, ahora, en Alemania.
Tanto Dan Brown como Madonna han vendido escándalo para enriquecerse a cuenta de una forma muy fácil, simple y barata de transgresión: el ataque a lo católico.
Brown quiso escandalizar mostrando a la Iglesia como una gran mentira que se sostiene por ansias de poder y Madonna, utilizando el símbolo de la cruz de forma frívola.
Sin embargo, lo escandaloso en esta última ocasión no es que Madonna se haga crucificar en su espectáculo. Eso es un recurso escénico, quizás inoportuno y gratuitamente molesto, pero solo forzadamente transgresor. Lo escandaloso son los 5 millones de dólares que vale su cruz de cristal. La original, de hecho, era bastante más pobre.
Por eso su show no es un ataque a los católicos sino a la presunta “progresía” que apoya su acción en la libertad. Porque, en su planteamiento, ¿dónde está la transgresión? Transgredir es hacer una burla del poder... Ergo, transgredir hoy es reírse de los poderes económicos, no de los religiosos que,
Deo gratias
, ya no lo son. Y menos los religiosos pacíficos. Lo valiente, si es eso lo pretendido, es burlarse del fanatismo religioso capaz de enviar a un perturbado para acabar con la hereje.
Por eso hay ciertas diferencias entre transgredir y provocar. La provocación sólo requiere inconsciencia y arrojo; la verdadera transgresión necesita valentía pues se corre el riesgo de ser eliminado de la sociedad biempensante, no sólo de crear cierta polvareda que se olvide al cabo de un tiempo. Transgresora, por eso, fue George Sand vistiéndose de hombre en su tiempo o Albert Boadella parodiando a Jordi Pujol en la Catalunya gloriosa del Molt Honorable. Ambos arriesgaron su reputación, su comodidad y su aceptación pública por mantener una forma de vivir o de ver el mundo. Pero ¿cuál es el riesgo de Madonna con su espectáculo?
El verdadero escándalo no es cuestionar el poder socialmente criticado como hizo ella durante el concierto sino el del “becerro de oro” que es intocable, por ejemplo, burlándose de la industria farmacéutica o de las grandes corporaciones bancarias.
Hacer que se tambalearan los poderes de la sociedad en el siglo XVI era, en efecto, poner en duda la autoridad religiosa porque señalaba lo correcto e incorrecto del comportamiento individual y colectivo y, además, podía condenar a la “hoguera” a quien discrepara.
Ahora lo arriesgado es reírse de quien marca lo políticamente correcto porque la hoguera social es casi tan efectiva como la física. Madonna hubiera realizado un acto heroico si en lugar de reírse de las creencias, que no tiene penalización social, se hubiera reído de las tendencias sexuales. Ambas actitudes son reprochables, sin duda, pero sólo una se admite como verdaderamente intolerable pues también en nuestros días hay una religión única, con sus oficiantes, sus ritos colectivos y su doctrina sagrada.
Por eso, transgredir hoy es ponerse del lado de quien no puede proporcionar votos (poder) ni dinero (negocio) ni aplausos (éxito). Esto queda en el extremo opuesto a la cruz de Madonna, al coste de su gira y a la inclusión en el séquito de varios estilistas para los cambios de vestuario de la diva.
Transgredir, como en el origen del símbolo cristiano, es ponerse del lado de los pobres y desfavorecidos, en lugar de acercarse a la lumbre del poderoso sea éste político, económico o, incluso, intelectual. Lo que ha hecho Madonna, en resumen, es un bonito ejemplo de culto a los poderes de la tierra: el dinero, la fama y la pleitesía de los biempensantes. Es decir, un ejercicio de puro conformismo.