A menudo eran mejores que las propias películas. Las imágenes de los programas de mano (también llamadas
carteleras
) creaban tales expectativas en las mentes infantiles –y no sólo en las infantiles– que luego casi todos los filmes sabían a poco una vez vistos.
Ese coleccionismo ya no es lo que era. No puede serlo. El desarrollo económico y la masificación de la oferta cultural le han cambiado la piel al país. Pero cada vez son más frecuentes los libros y publicaciones que reivindican aquellas composiciones gráficas que parecían salidas de los sueños y que hoy día poseen una fuerte carga sentimental.
Entre esos libros figuran
Soligó, Más allá del Technicolor
(F. Baena Palma, FBP),
10 años de carteles de cine
(Sogecine),
Suspiros de España-Los carteles más interesantes del cine español
(F. A. Fernández Oliva, 8 y medio Libros de cine)
Los carteles de Cifesa de José Peris Aragón
(Francisco Agramunt, Fundación Municipal de Cine),
Ídolos del cine de terror, de la colección de Ronald V. Borst
(Ediciones B) y el muy reciente
Hollywood lobby cards,
(G. Balmori, Notorius), que reproduce 75 imágenes de famosas películas, con su ficha técnica y un comentario.
‘Lobby card’
La expresión inglesa
lobby card
(cartel de vestíbulo) es poco conocida en España. El coleccionista Balmori la explica así: “El
lobby
es un elemento diseñado exclusivamente para los exhibidores. No es un material destinado a la prensa ni directamente a los espectadores, como podía ser el caso de los famosos programas de mano. El
lobby
sólo se muestra en las salas de cine, en sus paredes internas o externas. Y es precisamente esa menor difusión, y por lo tanto mayor exclusividad, lo que hace de esta pieza un material muy valorado no sólo por el aficionado al cine sino también por el amante del arte contemporáneo, ya que muchos de los diseños que muestran son verdaderas obras de arte”.
Ahora es habitual que muchas revistas (
Interfilms, El Cinéfilo, Acción
...) dediquen varias de sus páginas a la recuperación visual de las carteleras de mano, respetando con detalle sus colores y formatos originales. La publicación trimestral
AGR (Coleccionistas de cine)
ha venido realizando una constante y muy fiel reproducción de los programas de mano, imitando incluso la textura de estos viejos tesoros de papel.
Un coleccionista nunca se contentará con las imitaciones. Pero le permiten evocar con menos nostalgia las piezas lastimosamente perdidas en mudanzas poco cuidadosas, o a causa de que progenitores nada sensibles al encanto de oníricas estampas cinéfilas, las tirasen al basurero (
¡fuera trastos!
) en un doloroso error de percepción paterna: para muchos niños de los años 50 y 60 eran más importantes las carteleras de
La guerra de los mundos
(con forma de platillo volante) y
La mujer y el monstruo
que la mesa camilla con tapete de ganchillo que presidía la sala de estar o la bailarina de flamenco que coronaba el aparato de televisión.
Subastas
En 2002, la casa Soler y Llach (fundada en 1989) celebró en el hotel Wellington de Madrid una subasta monográfica de carteles de cine. Un cartel rarísimo de
El hombre y el monstruo
(Rouben Mamoulian, 1932), salía al precio de 15.000 euros. No se vendió, pero si lo hicieron los carteles de
La nueva melodía de Broadway
(Norman Taurog, 1940) por 8.000 euros, el de
Gilda
(Charles Vidor, 1946), por 2.500 euros, y el de
Don Quichotte
(G. W. Pabst, 1933) por 6.500 euros. El año pasado, la misma empresa y Finarte España subastaron el primer cartel diseñado para
M, el vampiro de Dusseldorf
(Fritz Lang, 1931), por 15.000 euros.
Primeros nombres del arte no le han hecho ascos a esta forma de expresión. Les ayudaba a ganarse la vida con aceptables márgenes de libertad, sin sumisiones ideológicas y con algunos desahogos eróticos (las heroínas aparecían en esos carteles, a modo de reclamo, más desvestidas y pechugonas que en las películas que promocionaban). Varios artistas valencianos, como Josep Renau –en España y en México–, Arturo Ballester o Rafael Raga realizaron en los años 30, 40 y 50 excelentes carteles de cines.
Carteleras, carteles, lobbys
. Tres maneras de fomentar el amor por el cine. Con modestia y fantasía. Donde esté un cartel auténtico de
King Kong
, que se quiten las cansinas recreaciones de la falsa modernidad.
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