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Domingo, 13 de agosto de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
Valencia
Sensación de vivir
El valenciano Eduardo Llorens abrió su primera lata de Coca-Cola en 1977. Desde ese instante ha conseguido reunir 2.500 objetos burbujeantes
El valenciano Eduardo Llorens abrió su primera lata de Coca-Cola en 1977. Desde ese instante ha conseguido reunir 2.500 objetos burbujeantes
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llega un instante en la vida de todo niño occidental en que destapa su primer bote de Coca-Cola. Eduardo Llorens lo hizo en 1977, pero él no tiro la lata como hacen los demás chavales. Ese bote fue el origen de una colección sobre el refresco que ya suma 2.500 objetos.

La marca américana está en cualquier parte del mundo y el mismo Llorens admite que el producto “tiene un merchandising muy atractivo para el coleccionismo”. Coca-Cola forma parte de su historia personal y el refresco se ha convertido en mito gracias a coca-coleccionistas como él. “Al principio recopilas los envases pero como coleccionista evolucionas, te das cuenta de que no puedes acapararlo todo, y en ese instante comienzas a disfrutar de la colección” asegura Llorens.

En toda la casa se siente esa pasión por Coca-Cola: en el lavadero, la cocina, el salón, su despacho. Es un museo de la bebida en 80 metros cuadrados. Hay verdaderas reliquias como una bandeja de principios del siglo XX, un cartel taurino español con el refreso en manos del torero, y la licencia de la primera fabrica de embotellado de Coca-Cola que se abrió en el Puerto de Valencia.

La colección recorre la historia de la marca en todo el mundo: picahielos, posavasos y lapiceros cubanos prerrevolucionarios de la década de los 40 que llevan estampada la marca de cola. También se pueden ver postales y fotos de los tranvías de Lisboa patrocinados tradicionalmente por el refresco, una joya de nevera española de los años 70 que aún funcionaba a motor o un Papa Noel, icono de la marca hasta el punto “que fue Coca-Cola quien vistió a Santa Claus de rojo”, explica Llorens.

Negocios refrescantes
La fiebre por el refresto llevó a este valenciano a montar en 1999 un café temático en la capital. Junto a dos socios que sufrían el coca-coleccionismo como él, reformaron una antigua camisería en la calle del Mar para convertirla en el Pemberton. El nombre lo tomaba del farmacéutico que dio con la primera fórmula del jarabe de cola. El local estaba decorado con objetos de coleccionismo por valor de cinco millones de las antiguas pesetas a lo que se sumaba la inversión para la reforma.

Pemberton estuvo abierto año y medio, “era una maravilla de local, tuvo éxito, funcionaba pero por diferentes problemas, cerró. Es la parte menos agradable del coleccionismo, como en la vida hay cosas que van bien y otras no tanto”, comenta con nostalgia Llorens.

El coleccionismo de Coca-Cola es una afición con la que se puede ganar dinero. Si este valenciano quisiera vender su colección podría acudir a las subastas anuales que organiza el Coca-Cola Collector Club Spain con sede en Barcelona. Los socios del club como Llorens tienen derecho a subastar los objetos para que el público los compre. En estas tómbolas, explica Llorens, se mueve mucho dinero, y admite que ha llegado a pagar 3.000 euros por una nevera.

Las locuras del coca-coleccionista se multiplican a la hora de conseguir un frigorífico. Cuenta este amante del refresco que en su juventud fue capaz de bajar al río Turia con su Seat Ibiza, con la intención de recoger dos neveras que alguien había dejado abandonadas.

La última adquisición son dos cochecitos, regalo de viaje de los sobrinos de Llorens. Suman ya 2.502 objetos y la historia de Coca-Cola como la de los coca-coleccionistas promete continuar mientras existan niños que abran su primera lata.



 

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