El poder es capaz de cambiar la estructura y hasta la percepción del tiempo, por eso el establecimiento del calendario es una de las demostraciones de poder más antiguas e importantes de la Historia.
Así lo entendieron los antiguos romanos cuyos poderosos pusieron nombre a los meses que hoy manejamos: Julio, en honor de César, o Agosto, en recuerdo de Augusto. Esos mortales, tan ufanos, se situaron al mismo nivel que los dioses de quienes tomaron nombre Junio (Juno) o Marzo (Marte). Era una prueba palpable de que habían entrado en el panteón.
Del mismo modo, una muestra de la capacidad de orientación que la Iglesia tenía sobre la sociedad europea medieval es la consolidación del calendario gregoriano como el utilizado comúnmente, aun con sus desajustes y errores.
Por eso los revolucionarios de la Francia ilustrada quisieron demostrar su capacidad para alterar el curso de los acontecimientos imponiendo Thermidor o Brumario, en torno a julio y a octubre, respectivamente. Con ello querían simbolizar que su mano había eliminado la presencia religiosa de la vida cotidiana hasta el punto de sustituir la relación de acontecimientos que debían recordarse: si antes se celebraban los santos del día, ahora eran animales o plantas los que centraban cada jornada.
Supuso un intento de cambiar la referencia religiosa por la civil en la memoria colectiva. Una ilusión como esta puebla, quizás, los sueños de quienes insisten en eliminar las fiestas religiosas, imponiendo, a su vez, otras vinculadas con la vida política de una comunidad. Y no digamos la de quienes, con tal de eliminar lo católico de la sociedad, reniegan de sus festividades pero reivindican las fiestas paganas como si estas no tuvieran también un componente religioso, eso sí, previo a la evangelización cristiana.
En cualquier caso, la vinculación del señalamiento de hitos con la existencia de poder lleva, inevitablemente, a pensar si no sería mejor evitar el recuerdo de determinados días, consolidado con la práctica periodística anglosajona de unir el guarismo y la inicial del mes. En los últimos años, desgraciadamente, nos hemos acostumbrado al 11-S en Nueva York; 11-M en Madrid,
7-J en Londres e incluso hablamos del 3-J en Valencia. Es un nuevo calendario cuyas fechas relevantes sobresalen en rojo no por ser festivas, muy al contrario, lo son por el recuerdo del dolor, las víctimas y las heridas que no terminan de cerrar.
Salvo en el caso de Valencia, las demás fechas no han venido marcadas por la fatalidad sino por unas mentes demoníacas que han elegido el día en su calendario de muerte. Esa es la razón por la que no sería descabellado revisar el calendario colectivo que se maneja en los medios de comunicación y en la vida pública, dado el sentido que hoy se impone para esos días establecidos en el año como recuerdo colectivo.
Antes, en los días señalados, se recordaba la vida de un santo; ahora, la muerte de inocentes. Antes se meditaba sobre las virtudes de una vida heroica; ahora, sobre la insensatez de una lucha absurda. Antes eran motivo de fiesta; ahora, de duelo. El problema, en todo ello, no es la pérdida de la referencia religiosa que quizás debiera revisarse o ampliarse en la convivencia de religiones que compartimos. Más allá del factor religioso, la diferencia estriba en el sustrato que lleva a recordar la fecha y, sobre todo, en los objetivos y personas que la escogen.
Es cierto que la inclusión en el calendario de sucesos desgraciados no es nueva, no en vano algunas de las fechas más representativas de nuestras comunidades recuerdan momentos trágicos de su existencia como el 2 de mayo en Madrid o el 25 de abril en Valencia. Son hechos no religiosos que tuvieron un componente de destrucción, de sacrificio y de sufrimiento. Como esos, tal vez, lo que hoy nos parece un calendario de muerte no es más que la presencia, en nuestra memoria colectiva, de las nuevas batallas y derrotas contemporáneas.
Sin embargo, lo que no puede obviarse es el riesgo de que esa capacidad de imponer un calendario esté mostrándonos quién tiene el poder, actualmente, para construir nuestras referencias temporales. Sobre todo porque, en este caso, estaríamos hablando de que está en manos de una organización terrorista, o un grupo de organizaciones, o una corriente impulsada por mil grupos y dos mil intereses distintos pero que convergen en el daño y la desestabilización. Mal indicio sería ese de que los momentos fuertes de una comunidad vinieran marcados no por factores religiosos ni civiles sino mafiosos. Que sus fechas no fueran motivo de orgullo y de recuerdo festivo sino prueba de la presencia de una cultura de la muerte y del odio por encima de la voluntad de vivir en paz.
Ante ese peligro, la única solución es, como ya hicieran nuestros ancestros, dejar que sirva como testimonio de la resistencia heroica al enemigo en Sagunto, Numancia, Almansa o Atocha. Así, lo que se impone como ejercicio de dominio por parte de unos asesinos se convierte en memoria de una lucha permanente por la vida y la libertad.