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Domingo, 30 de julio de 2006
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C. VALENCIANA
LA TORRÀ
Silencio, se bebe
Sólo hay una cosa peor que el calor asfixiante de la noche en la Valencia estival: el ruido. Cuando el termómetro marca los 30 grados y el reloj, las doce y media de la noche, aquellos que no disponen de aire acondicionado saben cuál va a ser su sino en las horas siguientes: dar vueltas en la cama intentando encontrar ese trozo de sábana que no esté empapado en sudor hasta las 4 ó las 5 en que ya les vence el sueño de puro cansancio y la “frescoreta” del amanecer permite conciliarlo por un rato.

En ese momento llegan 3 ó 4 chavales a recoger su coche aparcado bajo la ventana del somnoliento valencianito y, a gritos, carcajadas o cánticos etílicos desvelan al sufridor de la humedad relativa. No hay solución posible: si cierra, perece de golpe de calor nocturno; si abre, se le meten en casa los Coldplay, un desafinado “yo para ser feliz quiero un camión” y todos los mosquitos de la Albufera reunidos en cumbre internacional bajo el colchón del inocente pringado quien, para colmo, trabaja al día siguiente.

Cuando se vive, siquiera por un día, ese argumento propio de un thriller en Elm Street, se puede admirar la entereza de una ciudad que no se lía a tiros con las nuevas generaciones aunque odie los gorgoritos de Amaia Montero y “La oreja...” especialmente cuando se atrincheran en las suyas cada noche.

Por eso resulta esperanzadora la iniciativa del Ayuntamiento y de Controla Club de formar a jóvenes para concienciar acerca de lo saludable que es divertirse sin poner en jaque el derecho al descanso de los demás. Se trata de recordar a quienes reivindican su derecho a divertirse que derechos y deberes van de la mano y que, de lo contrario, el capricho de unos pocos podría estar por encima del bienestar de muchos. Eso ocurriría, por ejemplo, si se prohibiera beber en todas partes menos en cuatro garitos de la ciudad propiedad del alcalde.

Lo llamativo de la iniciativa es que comience en septiembre cuando la peor conjunción de ruido y calor se produce entre julio y agosto. Es cierto que primero debe hacerse un estudio de cada zona y que los jóvenes “conciliadores” deben formarse pero la pregunta, inevitable, es por qué no se empezó todo ese proceso cuando aún íbamos con jersey de lana.



 

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