Si la moda de los ‘‘Salvem’’ se trasplantara al “Jo no t’espere”, podríamos iniciar una serie de “Jo no...” tal y como empezaron los “Salvem”: “Salvem el Botànic”, “Salvem el Cabanyal”, “Salvem Porxinos”, etc.
El primero en la lista sería “Jo em quedí esperant-te” dedicado a Zapatero. Y no solo yo; al parecer, también el hotel que tenía reservado durante la visita del Papa y que no utilizó apenas. Hay que reconocer, más allá de polémicas y guerra de guerrillas periodísticas, que después de mucho quejarnos, Zapatero ha visitado Valencia, algo poco frecuente en estos años de legislatura.
Hace muchos meses que empezamos a protestar por esa falta de voluntad que ha manifestado reiteradamente el presidente del Gobierno en acudir a Valencia: ni la Copa América, ni las Fallas, ni la inauguración del Palau de les Arts. Todo parecía impropio para él mientras venían los Reyes, los Príncipes de Asturias y cientos de personajes políticos o de otro tipo. Todos menos Zapatero, quien prefería acudir a Zaragoza, Sevilla o Tenerife. Al final, vino por aquí algunas veces, sobre todo, a actos del partido.
Lo peor de ese rechazo constante a Valencia es que, como suele pasar, las ocasiones se presentan sin pensarlo, ni calcularlo ni pretenderlo. Es decir, las circunstancias son las peores. En el caso de Zapatero lo fue un funeral tan triste como el de las víctimas del accidente del Metro.
Después vino la bronca por la visita del Papa, el collar de perlas con cruz y el despliegue de coherencia de un político laicista que legisla como si Dios no existiera. Pero eso ya era una segunda etapa. La primera, la que le obligaba a estar a la altura del país al que representa y del que la Comunidad Valenciana forma parte, ésa no se compone de una dinámica constante sino de un momento concreto. Si Zapatero desde el principio hubiera estado con los valencianos emprendedores y con iniciativa, con los que se divierten en sus fiestas y con los que crean espacios culturales para el siglo XXI, no resultaría amarga la presencia de un Presidente solo en momentos de dolor. Es cierto que es el momento que más apoyo requiere pero no evita que su apoyo haya dejado mal sabor de boca. A uno le duele la muerte del otro cuando le preocupa su vida. Lo demás es puro teatro.