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Lunes, 17 de julio de 2006
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TRIBUNA
La familia ante el botellón (y 3)
La frase “beber para olvidar” esconde muchas cosas. Una de ellas es la sensación de alejamiento respecto de la realidad. Uno se siente alejado de aquello que no controla. Y no hay control porque no lo comprende. Así, la masa del botellón tiene otro de los motivos para reunirse, es la alienación. Hay actitudes de los padres que provoca sentirse alienados; estas se concretan en actos como el evitar que los muchachos se reúnan en casa para llevar a cabo celebraciones. Esto es como si sus padres estuvieran más ocupados en tener las casas nuevas que en la construcción de personalidades. Pues esto les aleja del calor (valores) de la familia. No obstante, esto no debe significar permitir que haya fiestas o reuniones en su hogar con estupefacientes. Al igual que los hijos se reúnen, conviene congregarse con los otros padres y madres, sin esperar observar personalmente a su hijo consumiendo alcohol o drogas.

Otro punto importante para no arrimar de lado a los hijos es el diálogo. Los padres, por falta de tiempo o por cansancio, no se ocupan de la educación de los hijos. En consecuencia, dentro de la familia no se habla. Entonces, esas agrupaciones del botellón son una forma de rebeldía o una llamada de atención para hacer reaccionar a los padres por no darles el cariño y las enseñanzas que necesitan. Esta es una forma de mostrar que puede tomar decisiones por sí mismo. Si no se le da oportunidad de efectuarlo en su comunidad natural, supone que podrá hacerlo entre amigos con ayuda del alcohol y la droga.

La falta de fe les lleva a carecer de esperanza y a tener una mirada chata. En consecuencia, se genera en los chavales una falta de capacidad de esforzarse. Un síntoma es el tirar la toalla ante los suspensos. Es carencia de perseverancia. Esto es señal de no tener criterios, o sea, valores. Al no poseer esto, no tienen un proyecto vital. Para contrastarlo, pensemos que esto no ocurre tanto en las comunidades campesinas. La razón es porque empiezan a trabajar a edades tempranas y entonces hay vivencia de valores como responsabilidad ante la tarea, horarios, diálogo sobre la labor, fortaleza, austeridad... Al contrario, ante el permisivismo familiar, nuestros adolescentes son inmaduros.

Con este tipo de interacción familiar tan light , nos encontramos como producto una generación con unos niveles de tolerancia de la frustración muy bajos. Y entonces dicen que esas penas se han de ahogar. Y al acostumbrarse tenemos que la permisividad social con el consumo de alcohol es tan grande que, aunque los chavales lleguen a casa muy borrachos, es algo que no crea alarma social.

Hay padres que desean recomponer la situación, entonces plantean hablar “de hombre a hombre” con su muchacho. Hay que saber que el adolescente pone en juego, dentro de ese diálogo, una serie de actitudes erróneas o falsas excusas que suelen quebrantar la voluntad de los padres. Es cuando les dicen: “Yo no soy adicto porque no consumo a diario”; “yo no soy adicto porque nunca consumo solo”; “yo no soy alcohólico o drogadicto porque trabajo o estudio, hago mis deberes”; “yo no soy adicto porque, cuando quiero, dejo de tomar o de consumir alcohol o droga”. Y, ante esto y en muchas ocasiones, en general, el papi es empujado por mamá a no dar importancia al asunto, entonces la familia sucumbe. Y unos padres ante otros se excusan de diferentes maneras. Negación de hechos al minimizarlos: “No es tan grave, ¡ya madurará!”. Otros tratan de evitar el tema por completo (ignorarlo, negarse a abordarlo o desviar la atención a otro tema). Bastantes pretenden culpar a otros o despersonalizar la culpa: “¡Quién no haría esto en su situación!”. O la tendencia a racionalizar: “Lo del chico no es tan grave pues él dice: yo no estoy tan enganchado”.

Lo que han de saber los padres es que los jóvenes necesitan un modelo de padre, de madre y de familia. Cuando no tienen una familia que funcione, cuando el hogar se convierte en un hostal, buscan esto en otro lado. Así tienden a arrinconarse en Internet, chateando con cualquiera que se presente, y luego o a la vez se van a la búsqueda del botellón con los compañeros. La necesidad de vida afectiva, las ansias de cariño que tenemos todos, es algo natural; y si la familia no se lo da, se lo han de montar de alguna forma. Ante esto, lo que hay que hacer es intentar que los jóvenes recuperen esa vida afectiva en los ámbitos naturales. Debemos evitar que el chico acuda a Internet para hablar con alguien, sólo porque en casa no le hablan o no hay nadie.

Por consiguiente, el núcleo del problema está en desconocer la importancia de la familia. ¿Qué falla en ella cuando el hijo o la hija caen en el botellón? Está clarísimo que algo se ha deteriorado en la vida familiar, quizás se ha perdido el sentido mismo de lo que es una familia. Yo les pregunto: ¿hay un proyecto con valores concertados y replanteados para organizar el hogar? Si es así, la primera sociedad educadora será la familia. Han de ser los padres, la cohesión y coherencia familiar lo que neutralice las tendencias hacia el alcoholismo.

Corolario. No entiendo que sea buena solución recurrir a los botellódromos . Es decir, marginar a los jóvenes en lugares específicos. Esto por dos razones: primera, porque se margina de la responsabilidad social a quienes deben adquirir esa cualidad. Segunda, porque, al aplicar esa medida, han vencido en ese comportamiento. ¿No es mejor que la familia se fortalezca y la escuela forme?




 
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