Una de las grandes alegrías de la visita del Papa a Valencia ha sido, sin duda, saber que Benedicto XVI no solo tiene una mente privilegiada sino también un paladar exquisito. Al menos, eso se deduce de su descubrimiento de la horchata valenciana y su interés por repetir la degustación.
Sin embargo, resulta difícil imaginarse a “Don Giorgio”, la sotana mejor abotonada del Vaticano, a la sazón secretario personal del Papa, poniendo a remojo las chufas y pasándolas por el túrmix con tal de refrescar a Su Santidad.
El problema se le acaba de plantear al Consejo Regulador de la Denominación de Origen Chufa de Valencia que quiere, como no podía ser de otra forma, que B16 no tenga que recurrir a horchatas embotelladas en Rímini con un líquido blanco “llámese bibita dolce della Spagna” para soportar los rigores del estío en Castelgandolfo.
La horchata es un producto que necesita condiciones de temperatura adecuadas para su transporte y conservación; todo ello está obligando a que el Consejo Regulador piense cuál es la mejor forma de suministrar horchata al Vaticano: o bien con el envío periódico de litros de horchata cuando se aproxime alguna celebración o bien con el producto original y las instrucciones de uso, esto es, las chufas y las explicaciones sobre su tratamiento con el fin de obtener horchata.
Esta última opción es, evidentemente, la que mejor aseguraría la frescura del líquido elemento pero cuesta creer que las monjas que cuidan al Papa tengan las manos de los artesanos de Alboraya y más todavía que los monseñores se entreguen al cultivo de la Chufa de Valencia por mucho que deban recoger “los frutos” de la reciente visita papal.
Lo más interesante es que el Papa se preocupó por conocer las propiedades dietéticas y medicinales de la horchata, seguramente para convencer a su médico de que, al igual que en el colesterol hay uno “bueno” y otro “malo”, en el azúcar también ocurre lo mismo de tal modo que el de la horchata debe de ser el que reduce la glucosa en sangre.
En cualquier caso, no es previsible que al Papa le dejen tomar demasiada horchata y mucho menos fartons, pero, sin duda, pocas bebidas son tan propias como ésta para el ilustre habitante del Vaticano: dulce, sin alcohol y de un blanco tan inmaculado como las sotanas papales.