El esperado –y para algunos inquietante– viaje de Benedicto XVI a Valencia ya quedó para la historia. Ha sido, sin duda alguna, el más trascendental e importante que en décadas les haya tocado en suerte organizar conjuntamente a los mandos y medios de nuestra ciudad. Con total éxito. Ahora, sólo resta a los comprometidos en el evento hacer balance y recopilar conclusiones que bajo múltiples aspectos, tanto el religioso como el social y hasta político, habrán extraído del mismo. Conclusiones doctrinales y prácticas sobre la importantísima célula social que constituye la familia, cuya aceptación se propone al mundo para su bien sin imposición alguna, en afirmación del Papa. Pero yo, además, me quedo con el sincero y halagador testimonio expresado por el comentarista padre José Luis Pontes a través del canal católico de TV: “Valencia es hoy el hogar de las familias del mundo”. Una definición que ampliamente justificaba porque, “si el hogar es el hábitat natural donde la persona humana crece y se desarrolla rodeada de las atenciones y cariño de los padres, el afable trato y volcado interés de valencianos sin excepción por resolver cuantas dudas y preocupaciones les surgen a los peregrinos visitantes hace que se sientan como en su propia casa, en su propio hogar”. Y si tenemos en cuenta que esta red de TV se extiende por todo el mundo y que dio las imágenes en directo, damos por seguro que no habríamos encontrado firma capaz de atender el gasto de publicidad que ha representado para nuestra ciudad.
Otra sorpresiva conclusión de hondo calado, no sólo para el fiel católico sino para el ciudadano en general de cualquier creencia, es haber podido constatar el cambio de personalidad del Papa. Siempre sonriente, afable y cercano, prodigando espontáneos gestos captados por las cámaras que han hecho olvidar aquellos otros que le motivaron los desagradables y temerosos sobrenombres adquiridos de
el teólogo supremo
y
Gran Inquisidor
. Sobre todo, ese gesto humano de cambiar su ruta de acceso a la ciudad, para detenerse a depositar una corona de rosas y una oración ante la estación del metro, lugar del trágico accidente que se cobró la vida de 42 valencianos. Refrendado por el personal a las familias de las víctimas en el Basílica de la Virgen. Un gesto de tal voluntad de identificación con el dolor de nuestro pueblo, equiparable al protagonizado por Juan Pablo II en Jerusalén en el año 2000, en su visita al mausoleo judío de Yad Vashem. Este Papa en nada recuerda aquel cardenal Ratzinger que tanto hizo temer su elección.
Y como siempre, concluido el programa, la acostumbrada reunión del laico español fundador del llamado Camino Neocatecumenal, Kilo Argüello, con los miembros de su movimiento religioso asistentes al EMF. En solicitud de familias, padres e hijos, dispuestas a servir de ejemplo práctico de lo que representa “celebrar el don divino de la familia y mostrar el papel que desarrolla en la sociedad”, en cualquier lugar del mundo. Una decisión heroica que nunca ha dejado de ofrecer voluntarios.