El Encuentro Mundial de las Familias se quedaría en una gran fiesta emotiva, testimonial y cariñosa con el Papa si no fuera por la vivencia espiritual y sus palabras.
Palabras que ayer, durante su homilía, resumieron la postura de la Iglesia en relación a la familia y recordaron las bases sobre las que se asienta ésta y su insistencia en manifestarla. Por ello, por esa clarificación y fundamentación, ha sido el mensaje clave de su visita. Tras él queda claro que desgajar la visión católica sobre la familia de la concepción que la Iglesia tiene del ser humano como base de la organización social es descontextualizarla y simplificarla. Haciendo eso, la familia “a la católica” queda en un tipo más, tan valioso como otros.
Además, el Papa se adentró suavemente en un terreno que muchos quisieran haber evitado y lo hizo con la serenidad de saberse portador de una verdad que debe ser conocida porque, sencillamente, mejora la vida de quien la recibe. De esa convicción nace la reivindicación constante que hace la Iglesia de su función orientadora a favor del bien común.
Lo que el Papa recordó en la homilía era el núcleo de la difícil relación entre la Iglesia y el poder político, un tema que él mismo ha debatido en numerosas ocasiones, como en el famoso coloquio con el filósofo alemán Habermas o en el libro que publicó con el político ateo Marcello Pera.
Ese núcleo es la existencia de una “verdad objetiva previa” que la Iglesia recuerda y sobre la que exige a los gobernantes que asienten la ley. Frente a eso, el laicismo, presente en gobiernos europeos como el de Zapatero, reivindica que la única fuente de la que puede emanar la ley es el consenso, sin referencias ajenas ni a una “ley natural” ni, mucho menos, a principios de origen religioso. Ese punto de discusión que sirvió para dialogar a dos intelectuales, un teólogo y un filósofo, sin embargo, incrementa la complejidad del entendimiento entre la Iglesia y el Gobierno.
La postura laicista fue criticada por Benedicto XVI en la homilía de ayer porque “exalta la libertad del individuo como sujeto autónomo, como si se hiciera él sólo y se bastara a sí mismo” lo que deriva en un intento por “organizar la vida social sólo a partir de deseos subjetivos y mudables”. Sin duda, es el quid de la cuestión y la crítica esperada no tanto a una política o a un Ejecutivo sino a toda una concepción de la vida colectiva, la que intenta, como les ha dicho a los Obispos españoles, “prescindir de Dios”.
Desde esas bases se entiende que el Papa pida que se ayude a la familia como un servicio, no a la Iglesia, sino “al bien común y al verdadero desarrollo de los hombres y de las sociedades”.