No era un avión cualquiera. La jornada se dirigía al mediodía cuando el aparato sobrevoló la avenida Tres Cruces y la calle Tres Forques. En ese punto de Valencia no llamaba la atención que lo hiciese a relativamente pocos metros del suelo. Decenas de aparatos lo hacen a diario para tomar tierra en el aeródromo que Manises.
Ese avión transportaba al Papa desde el Vaticano hasta la capital del Turia. No es que el rostro de Benedicto XVI se adivinase desde la calle a través de una de las ventanillas. El aparato iba acompañado por dos cazas del Ejército.
Con un ensordecedor estruendo, los dos guardaespaldas aéreos lanzaban un aviso para navegantes: el Papa llegaba a la Comunitat bajo unas medidas de seguridad estrictas. Al mismo tiempo, evidenciaban que en pocos minutos Benedicto XVI pisaría Valencia.
De hecho, cuando los tres aviones sobrevolaron Valencia, el público que esperaba impaciente la llegada del Papa empezó a lanzar gritos de júbilo.
Los dos F-18, con el avión en que viajaba el Papa como eje, ofrecían una estampa perfecta. Los aparatos de combate parecían ir unidos a las alas del que transportaba a Benedicto XVI. Eran los primeros guardaespaldas del aire.
Los cazas no se separaron del vehículo en el que el máximo representante de la Iglesia viajaba hasta que el aparato tomó tierra.
La primera misión, que Benedicto XVI pisase el suelo de la Comunitat sano y salvo estaba cumplida. Ahora, durante 26 horas, centenares de agentes de varios cuerpos de seguridad velarían la integridad del Papa.