Benedicto XVI disfrutó ayer de la gastronomía valenciana de la mejor forma que puede hacerse: con una paella. Las cuatro religiosas del instituto secular de vida consagrada Obreras de la Cruz, que prestan servicio habitualmente en las dependencias del Arzobispado, fueron las cocineras.
En la mesa se encontraban los dos secretarios del Santo Padre, junto al arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco, y sus tres obispos auxiliares, Esteban Escudero, Enrique Benavent y Salvador Jiménez.
Al Santo Padre la paella “le encantó, se la comió muy a gusto”, explicaron fuentes del Palacio Arzobispal. La comida, “muy sencilla”, se prolongó durante unos 45 minutos. Antes del arroz, probaron una ensalada.
El Santo Padre se mostró muy impresionado del “recibimiento que le había proporcionado la ciudad y de la cantidad de gente que había en las calles”. Otro de los detalles que llamó la atención del Pontífice fue el coro de la Catedral, del que todo fueron elogios, así como de la belleza del centro de la ciudad. Tras la sobremesa, el Papa se retiró a sus dependencias para descansar. Se trata de una habitación con baño, de unos 12 metros cuadrados, decorada con fotos de sus padres y situada en la primera planta del Palacio Arzobispal.
Paseo por la terraza
Tras la reunión con Zapatero, el Papa subió a la terraza del Palacio Arzobispal, acompañado de dos colaboradores, desde donde contempló el centro histórico.
Más tarde, Benedicto XVI y su séquito volvieron a disfrutar del sabor típicamente valenciano con una horchata. El director del Consejo Regulador, Germ Alcayde, llevó personalmente la bebida para la merienda.
El arzobispo de Valencia, Agustín García-Gasco, regaló al Papa una réplica revestida en plata del Santo Cáliz de la Última Cena. Estaba previsto que en la tarde de ayer, el Santo Padre viera todos los obsequios que diferentes personas o empresas han hecho al Pontífice como recuerdo de su visita. Todos los presentes se encuentran expuestos en una sala de la sede episcopal.