El Papa no ha sorprendido. Seguramente no pretendía hacerlo. La diferencia que puede esperarse, entre un Pontífice y otro, se queda, en todo caso, en el matiz, el tono, el estilo, aquello en lo que cada Papa profundiza o concede más relieve durante su Pontificado, pero no en el contenido esencial.
Benedicto XVI ha hablado, como era previsible, de la familia fundada en el matrimonio como una “institución insustituible”, de la importancia que tiene no solo para la Iglesia sino también para la sociedad y de la necesidad de seguir anunciando al “Dios que es amor”. La doctrina de siempre, pero no por conocida menos relevante. Lo nuevo es, en el plano interno, la autocrítica y el discurso de ánimo y, en el plano externo, la contundencia con la que reclama la necesidad de que los legisladores tengan en cuenta que las leyes deben estar al servicio del “bien integral del hombre”.
La crítica interna, que Benedicto XVI no ha escatimado nunca, ha sido una advertencia a la Iglesia española respecto al riesgo de secularización que también está repercutiendo en las comunidades cristianas. Junto a eso, sin embargo, le ha ofrecido un discurso de aliento propio de tiempos de supervivencia y persecución.
Hacia el exterior, el Papa insiste en que la Iglesia va a seguir promoviendo el valor de la institución familiar y de que “relegar la fe al ámbito meramente privado, socava la verdad del hombre e hipoteca el futuro de la cultura y de la sociedad”. Es cierto que se temía un tono más duro, pero también lo es que la Santa Sede ha procurado suavizar los modos. Sin embargo, aunque se haya edulcorado el mensaje con la selección de las palabras, el contenido no varía. Lo notable es su estilo, propio del intelectual: una invitación a la reflexión. El problema es que, para que les llegue, tendrá que enviarla a domicilio pues no estaban allí para recibirla.