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José Aguilar

La película, basada en un hecho real, relata la historia de Sam Bicke (Sean Penn), un ciudadano de Baltimore desquiciado por la ruina de su posición profesional y de su matrimonio. Sam es la cara oscura del sueño americano: representa a los perdedores de la sociedad de las oportunidades. Su entorno ensalza a quien triunfa como resultado de su talento o su esfuerzo, pero condena a una vida gris y anodina a quien no es competitivo.

Lo paradójico de este caso es que el fracaso de Sam no tiene unas sólidas bases objetivas. Las contrariedades que le inquietan no son más graves que las que soporta una gran parte de la población: un trabajo no suficientemente satisfactorio, un jefe entrometido y absorbente, una relación de pareja amenazada por la rutina… El deterioro de la situación se acelera por la reacción desproporcionada del protagonista. De hecho, no es despedido de su trabajo, sino que es él quien lo deja. Los bancos le niegan el crédito para la puesta en marcha de un proyecto por la demencial defensa que él hace de su idea. Su mujer lo abandona ante la insoportable conducta que él adopta. Problemas que cualquier persona medianamente equilibrada hubiera resuelto de un modo más o menos airoso se complican sin solución cuando Sam interviene. El espectador asiste con creciente desesperación a la autodestrucción de una vida. Cada vez que Sam aparece en escena es para cavar más profunda su propia tumba.

Como en otras películas, y es inevitable recordar «Un día de furia» de Michael Douglas, el guionista pretende poner de manifiesto las contradicciones de una cultura sublimando las reacciones de un psicópata ante situaciones cotidianas. Cuando un cliente llega reclamando un mejor servicio de malas maneras y con pésima educación, Sam echa mano de la pistola, mientras que su socio encauza la situación con profesionalidad y sin dar mayor importancia a un suceso que le parece de ordinaria administración.

Finalmente, Sam proyecta toda su frustración en la injusticia del sistema. Y en este punto la película plantea una interesante reflexión. En efecto, es frecuente que una persona que no alcanza sus expectativas cargue las culpas sobre el entorno. La sociedad, la empresa, la familia, pasan a convertirse en los culpables de unos males que, en el fondo, tienen su origen (y su solución) en uno mismo. Cuando una persona describe su vida en esta clave, y juzga a todos los que le rodean como los causantes de su escasa fortuna, a uno le viene a la memoria la triste imagen del protagonista de esta película. Otra buena enseñanza del largometraje es que las alegrías y las desdichas se miden en la escala de nuestra propia felicidad. Para una persona frustrada, el efecto de un revés se magnifica; mientras que un hombre o una mujer satisfechos perciben una pequeña compensación como un estímulo de gran valor.

Sam proyecta sus males en la sociedad y en el sistema laboral americanos. Y, en último término, en la persona que representa a todo el sistema: el presidente de los Estados Unidos. Se abre poco a poco la idea de arreglar cuentas con un mundo que le niega la felicidad, a través del asesinato de Nixon. El plan que urde es tan delirante como todas las actuaciones que construyen el remolino de su desesperación. Pero también aquí la realidad imita a la ficción, pues encontramos inquietantes parecidos entre el proyecto de Sam y la trama del 11-S, que se llevó a cabo casi treinta años después del suceso en el que se basa la película.