Enrique Cabrera, catedrático de la Universidad Politécnica y gran especialista en asuntos del agua, habla de que va siendo hora de que diferenciemos entre las diversas clases de agricultura que coexisten, porque no todas son igual de rentables, ni social ni económicamente, ni siquiera utilizan el riego con iguales niveles de eficiencia.
Y yo estoy muy de acuerdo. Hay agriculturas despilfarradoras y agriculturas repartidoras, y será cuestión de dejar de lado esa idea de hablar siempre de la agricultura en bloque, como si fuera una especie de cuerpo místico, porque la realidad no es así.
Hay unas agriculturas que viven merced a la recepción de ayudas de la UE, esas que tan mala fama están propiciando en el resto de la sociedad, y en cambio hay otras agriculturas que, aun sufriendo injustamente los efectos morales de esa mala imagen que otros propician, resulta que no reciben nada, pero entran en el mismo paquete de la consideración general, y, en cambio, lo que hacen es generar mucha más riqueza, muchos puestos de trabajo, de manera que los ingresos, sin beneficios, e incluso con pérdidas, se reparten entre muchísima gente.
Hablar de regadíos y de regantes equivale a englobar a todos en un totus revolutus, pero no puede ser que el derecho a regar, a utilizar el agua escasa, sea igual para todos. Unos deben estar antes que otros, porque empezaron en el esfuerzo y la inversión continuada para poder regar cuando otros ni lo soñaban, y porque emplean el agua con eficacia, con rigor para evitar despilfarros, y para producir artículos con mucho valor añadido, frente a otros cuyo resultado puede ser hasta inferior al valor del agua utilizada.
Lo reconoce, por fin, el propio Gobierno: gran parte de la agricultura española de regadío no aporta ni un 2% de valor añadido, mientras que la hortofrutícola genera el 70% de valor añadido. Encima, la mayoría de la primera (cereal, remolacha, algodón...) recibe ayudas fijas de la UE, incluso por dejar de producir lo que les da derecho a cobrar y pasar a cultivar lo de otros, en clara situación de competencia desleal.
No todas las agriculturas merecen igual consideración social, evidentemente.
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