Cualquiera que vaya a Nueva York tiene que aprender una cosa muy importante: todos los días hay un tonto que sale a la calle y todos los días hay un listo que se lo encuentra. Y este dicho neoyorquino parece que lo han aprendido en otros lugares del mundo. Y parece que este año las cabezas pensantes y mercaderes cinematográficos nos quieren bombardear con claves, códigos y películas esotéricas. Primero tuvimos el lanzamiento a bombo y platillo de un manuscrito encontrado en el desierto egipcio que contenía textos de un grupo gnósticodel siglo IV.
La respetable National Geographic Society avaló tal presentación, con ruedas de prensa, películas, televisión y gran operación de mercadeo. Probablemente nunca Judas se imaginó que iba a tener un lavado de imagen como la que se le ha dado.
Luego tuvimos una novela. Cuarenta millones de un texto policiaco que hubiera pasado sin pena ni gloria a no ser por el tema que trata: los amoríos entre María Magdalena y Jesús de Nazaret. La fórmula que están utilizando en la industria de hacer dinero es bien sencilla: ignorancia religiosa, junto con desconocimiento de la historia, unido a falta de respeto a las creencias de un porcentaje de creyentes, (los cuales no van a montar una guerra por atentar contra sus creencias) mezclados con un relativismo moral y un individualismo rampante. Sin embargo, nadie ha entrado todavía en el código familiar. Un padre, una madre, unos hijos: Una comunidad de amor. La espiritualidad oriental -según se expuso en el panel de familia y ecumenismo- ve la familia como un gran misterio. Y ante el misterio hay que entrar de puntillas e intentar descifrarlo. Ciertamente que el matrimonio y la familia vive en un contexto secularizado, y desde éste hay que vivir la fe y transmitirla. La familia no es una decisión ética sino el encuentro con un acontecimiento que da sentido a todo un quehacer y vivir. No se nace cristiano, como dijo Tertuliano, sino se hace cristiano. Es misión y tarea para el futuro. Olvidar la dimensión mistérica y de futuro de la familia es el símbolo de
la gran ignorancia. Cualquier cosa fuera de esto nos hace ser del número de los tontos.