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Jueves, 6 de julio de 2006
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EDICIÓN IMPRESA
EL INVENTO DEL MALIGNO
Ácidos
Una de las adquisiciones más llamativas de La Sexta es Padre de familia , una serie norteamericana de animación creada por Seth MacFarlane que la nueva cadena emite a las tres de la tarde. Padre de familia viene precedida por cierta fama como producto polémico. Lo es. En realidad trabaja el mismo terreno que Los Simpsons: una crítica ácida de la institución familiar, especialmente violenta hacia la figura del padre y con una suerte de hostilidad contenida hacia la madre. Freud ya habló de esto: no hay gran cosa que añadir.

La cultura occidental contemporánea ha emprendido su propia “muerte del padre” a través de una crítica feroz –y, con frecuencia, injusta-– del modelo patriarcal. En ese contexto, la serie está llena de escenas encantadoras. Por ejemplo, el bebé encierra a su madre en un armario y le tira dentro una granada. La granada estalla, pero la madre sale indemne. El padre, mientras tanto, está en el bar con los amigotes, trasegando cerveza. Se lía una trifulca y la beoda concurrencia la emprende a tiros, unos contra otros. Todos llevan revólver, todos se disparan y todos reciben balazos. Es muy gracioso, por así decir: las balas impactan sobre los cuerpos, pero nadie muere. Todos ríen mucho mientras siguen disparándose.

Para las tres de la tarde no está mal, ¿verdad? Los niños lo verán a la hora de comer y aprenderán que su padre es un gilipollas, su madre es una cursi y matarse, después de todo, puede ser muy divertido. ¿Cómo es posible que alguien haya concebido semejante engendro para los niños? Ah, no: es que Padre de familia no es un producto para niños. Su creador, el mentado Seth MacFarlane, la ideó como venganza gamberra de un joven que arrastraba problemas familiares y, evidentemente, para un público adulto consumidor de animación. Pero aquí, en España, tendemos a pensar que la animación es cosa de niños, de público infantil; parece que la esforzada producción de cómic nacional no ha logrado convencer a nadie de que pueda haber monigotes para adultos. Es lo mismo que pasa con Los Simpsons: una excelente serie de animación para adultos, una catástrofe pedagógica como producto para niños. Salvo que el programador piense que, después de todo, los americanos son como niños. Pero no: aquí hay un auténtico problema de responsabilidad. O, más bien, de falta de ella.



 

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