Yihad Dalur, el propietario de una pequeña gasolinera en el barrio de Shuyayia de la ciudad de Gaza, no pierde la sonrisa cuando se le pregunta por sus reservas de combustible. “Ya estamos sin gasóleo y la gasolina se acabará dentro de una hora. Después la cerraré y me iré a casa. No tengo nada más que hacer”.
Coincidiendo con el inicio del ataque contra la franja de Gaza, hace cinco días, el ejército cerró el paso de Karni, que es el lugar por donde se abastece la franja. Como Israel no permite la entrada de mercancías desde Egipto, el combustible y otras materias y productos básicos comienzan a escasear. De hecho, el paso de Karni ha estado cerrado casi permanentemente desde principios de año.
Algunas estaciones de servicio han cerrado y otras lo harán pronto. La afluencia de automovilistas es débil a pesar de que algunos acuden a llenar bidones para acumular reservas. “La gente no tiene dinero para comer y es natural que tampoco tengan para llenar el depósito. No hay trabajo, no hay dinero, no hay gasolina”, sentencia Dalur.
El noruego Jan Egeland, responsable de las Naciones Unidas para la ayuda humanitaria a los palestinos, advierte que la situación en la franja será catastrófica “un abismo” dentro de tres días a menos que Israel restaure el suministro de gasolina y electricidad que se necesita, máxime en esta temporada del año, el verano, en que las temperaturas son muy altas.
El corte de combustible y electricidad afecta al suministro de agua potable puesto una buena parte de los pozos de donde los palestinos sacan el agua sólo funcionan con gasóleo o electricidad, ya que se bombean con motores.
Egeland denunció que las operaciones militares están dirigidas contra la población civil, como es en el caso de la destrucción de los transformadores de la única planta eléctrica que hay en la franja. Y subrayó que las leyes internacionales prohíben este tipo de acciones.
Sin embargo, los israelíes están envalentonados por el apoyo que reciben de Estados Unidos, y también de la Unión Europea, especialmente desde que Hamás venció en las elecciones de enero.
En la gasolinera Fattur, Nabil Gazal se lamenta de que sólo le quedan reservas para un par de días y de que después los proveedores no le volverán a suministrar más puesto que sencillamente no hay. “La gasolina, como toda nuestra vida, depende de Israel”, se queja recordando que los israelíes les obligan a comprar todo a ellos y no les dejan comerciar en otros países.