Domingo, 22 de junio de 1974. Parkstadion de Gelsenkirchen. Brasil vence por 3-0 a Zaire. El rumano Nicolai Rainea sanciona a los africanos con un libre directo. Ordena la barrera, se retira e indica con el silbato que puede lanzarse la falta. Un par de metros por detrás del balón, Rivelino duda. De repente un
leopardo
verde sale corriendo de la barrera y golpea el esférico con toda su alma. Se llama Ilunga Mwepu, lleva el número 2 y es uno de los mejores jugadores africanos de todos los tiempos. Pero esta acción incomprensible va a marcarlo de por vida.
“Como eran africanos, no conocían las reglas”, dice la leyenda, explicación facilona y racista, que ignora varios hechos. Por ejemplo, que Zaire era vigente campeón de África de selecciones y clubes; la primera nación subsahariana que se clasificaba para un Mundial; y que Mwepu fue elegido en el equipo ideal del continente del siglo XX.
¿Se volvió loco el férreo defensa? “La guardia de Mobutu nos encerró en el hotel y nos amenazó con no dejarnos regresar si perdíamos por 4-0”, aclara Mwepu; y entonces todo encaja, porque Rivelino, descentrado, lanzó a las nubes. Los zaireños regresaron con 14 goles en contra y ninguno a favor. En su debe, además, un 9-0 contra Yugoslavia que se les recuerda a menudo. Suele olvidarse que no querían jugar porque no les pagaban, pero los militares les hicieron cambiar de opinión. Muchas de aquellas figuras , que podrían haber triunfado en Europa un cuarto de siglo más tarde, viven hoy en la miseria.
En la R. D. Congo, el vagabundo Ilunga, de 56 años, sigue narrando a quien le escuche que cierta vez tuvo que hacerse el loco para regresar a casa.