Algún lector pensará que me he equivocado de mes. Pues no; el título de mi artículo no responde a despiste alguno. Resulta que tenemos a D. Santiago La Parra muy, pero que muy rebotado por lo de las bombas de mi artículo del día 11 y se ha despachado a sus anchas por el camino de la descalificación. Ocupaciones profesionales me han tenido absorto estos días en asuntos de muy distinta índole y ni tiempo había tenido de ejercer mi derecho de réplica.
Jamás hubiese pensado que un comentario tan modesto e inocente como el mío, pudiera causar tal enojo ni suscitar tan recios vituperios. ¿Qué dios le habrá anegado en cólera el alma, como a Aquiles, o le habrá convertido en furibundo Cancerbero de la verdad histórica? Mira, en eso sí parece haber heredado el señor La Parra algo de el señor San Yagüe (Santiago), –patrón de España– (a quien el evangelista Marcos apoda –por referencia también a su hermano Juan– “Bohanergues”, esto es ‘hijos del trueno’). Eso sí parece haber heredado, el ímpetu. Pero sólo eso, porque ¡qué dirá su santo tocayo –que en gloria está– de esa solemne declaración herejota de renegado de una tradición patria!
Contra una opinión lo que procede es la refutación con datos, la contraargumentación con pruebas y punto. Pero ¿a santo de qué viene tanta duda, tanta sospecha y recelo, tantos “malos pensamientos”, tantas reticencias?
No era mi intención resucitar viejos fantasmas de la guerra: me repugnan, lo mismo que a usted, las barbaridades de uno y otro bando y, créame, no me gusta en absoluto hablar de este tema. Tampoco entraba en mi propósito recordar la destrucción de la colegiata –relea, por favor, mi artículo–; sólo intentaba recordar– al filo del calendario– la reanudación del culto en el templo colegial, el 10 de junio de 1945 (después de nueve años de permanecer convertido en almacén). Para algunos podía resultar un hecho significativo...
Fue la necesidad de situar en contexto a mis lectores lo me obligaba (y aquí queda explicado el “malévolamente” que le inquieta) a salir al paso de esa patraña que alguien inventó, que algunos difundieron (revistas, periódicos, charlas) y que hasta como papagayos sueltan algunos cicerones en visitas guiadas, de que fueron las bombas franquistas las que destruyeron el ábside. A mí también me indigna que se tergiverse la realidad…
Buena parte de su artículo se la podía haber ahorrado. No informa usted de nada; es un simple desahogo de sus fobias, una búsqueda desesperada de encontrar trasfondo político bajo las piedras, digo bajo las palabras. Su método consiste en demoler lo que sea, en deshacer a hachazo limpio cuanto no sintonice con su línea de pensamiento. No otro sentido encuentro a ese vocabulario despectivo (“facciosos”, “nazis”, “fascistas”), a ese lenguaje agresivo (“eufemismo cínico”, “nocturnidad y alevosía”, “impunemente”,”argumentos pedestres”) con que nos obsequia, o esas pretericiones de no diré pero lo digo, de pasaré por alto pero ahí dejo el zarpazo, con que prolonga agónicamente un tema que había quedado ya agotado. Alegará usted que ése es su estilo, o quizás su falta de estilo. Bueno, en eso no entro.
Está claro que si aludo a la conmemoración del día hablo de “esplendor” litúrgico, religioso y artístico-patrimonial. Su apostilla sobre la realidad social del momento es otra historia. En sus indirectas y alusiones políticas a personas, instituciones o hechos que nada tienen que ver con mi persona ni con lo que yo escribo creo que se equivoca de alforja.
No merece la pena tomarse las cosas tan a pechos, D. Santiago; hágame caso. Vivimos cuatro días, tenemos que convivir, con nuestras propias convicciones –claro está– pero, si es posible, hemos de hacerlo agradablemente, sin zaherirnos. Y si, modificando esquemas mentales, hay que gritar un ¡Santiago y abre España! pues se grita.