Lejos de amainar, la tormenta sobre el urbanismo valenciano se hace cada vez más virulenta y amenaza con encrespar, aún más, las ya de por sí poco fluidas relaciones entre el Gobierno central y el Consell. El Ejecutivo de Zapatero sigue colocando a la región en el centro de las críticas a un modelo de crecimiento que no es exclusivo de esta Comunidad, sino que –con mayor o menor fortuna– se ha puesto en práctica en todo el Mediterráneo español.
Además del riesgo que la campaña que irresponsablemente ha emprendido el Gobierno representa para los intereses turísticos valencianos, la citada polémica tiene un peligro añadido: ocultar la realidad de una Comunidad pujante y dinámica, que, en muchos aspectos, lidera la actualidad española. Es el caso de la actividad cultural. La jornada de ayer en la ciudad de Valencia es fiel reflejo de este dinamismo.
En unas horas coincidió la inauguración de una exposición en el IVAM con los fondos de la colección del BBVA –que recoge 59 obras del periodo 1930-1995, de artistas como Miró, Saura o Tàpies– con el estreno del musical
Balansiyyá
en el teatro Principal y con la publicación de la oferta de abonos del Palau de les Arts para su primera temporada, y que serán los más baratos de España entre los auditorios dedicados a la ópera.
A una actividad cultural diversa y de primer nivel se suma la deportiva, con el nuevo acto de la Copa América ya en marcha. Sin perder de vista lo que se adivina en el horizonte: la Volvo Ocean en Alicante, el Mundial de Atletismo en 2008 y, si finalmente se concreta, la Fórmula 1 por las calles de Valencia. Y a todo ello hay que sumar el éxito que representa que la Comunitat cuente con tres equipos en la máxima categoría del fútbol español.
Da la impresión, sin embargo, de que esta visión de la realidad valenciana no interesa tanto, que el Gobierno está más centrado en las críticas por el urbanismo, el uso del agua o los medios contra incendios que en reconocer que la Comunitat es, hoy por hoy, motor principal del desarrollo nacional. Y lo es con lealtad y sin exclusiones, sin debates políticos innecesarios y crispantes. Un modelo, en definitiva, que merecería ser puesto como ejemplo de convivencia en lugar de ser sometido a constante revisión por culpa del urbanismo.