Al Levante y a sus dirigentes les ha llegado la hora de mostrar la madurez. El ascenso a Primera División supone toda una fiesta para el fútbol valenciano y para un club histórico. Sin embargo, también representa un duro examen que esta vez no se puede suspender.
Si en el plano económico la entidad se enfrenta a un futuro esperanzador, magistralmente hilvanado en la trastienda del fútbol y en los despachos, en el deportivo todavía hace falta afinar el rumbo. Demasiados vaivenes.
El Levante necesita serenarse urgentemente, tras dos años vividos al borde del ataque de nervios y en los que siempre ha dado la sensación de andar con el paso cambiado. En su anterior tránsito por la Primera División le vino grande la categoría. Pese a los infames arbitrajes sufridos, en el descenso hubo mucho de suicidio.
Pedro Villarroel perdió la confianza en Bernd Schuster casi en el mismo instante en que lo fichó, y tampoco el alemán tenía demasiada fe en la plantilla que le entregaron sus jefes.
Todo fue bien hasta que los resultados se torcieron. Entonces llegaron los nervios. Schuster no valía, la plantilla tampoco, el club se metió en un sinfín de batallas estériles y terminó pagando la novatada.
Tampoco esta temporada ha sido fácil. Si el año pasado el Levante parecía un equipo de Segunda en Primera, ahora ha ocurrido lo contrario. De nuevo con el paso cambiado, el club se entregó a la ruleta rusa del “ascender o morir”. El ambicioso proyecto del tándem Villarroel-Rubio no podía soportar otro año en las cavernas. Más nervios, prisas, un equipo nuevo, un técnico que a los diez partidos ya no sirve...
Pero por una vez el infortunio que ha marcado la historia del levantinismo no ha hecho acto de presencia. Con un equipo peor que el que manejó Manuel Preciado y sobre todo muy irregular, el Levante ha logrado el ascenso. Pocas veces la vida ofrece una segunda oportunidad. Al menos así de rápido. Y no hay que dejarla pasar.