Ucrania sigue viva en su primer Mundial. Se lo puede agradecer a la extrema candidez de los hijos del desierto, a su necesidad de ganar y lavar la imagen, y a la revolución de Blokhin, que acertó al hacer cuatro cambios con respecto al choque ante España. Sobre todo, con la alineación de Rebrov, un veterano de 31 años que ha perdido velocidad y ahora juega más retrasado, pero que posee toque, desborde, disparo y, sobre todo, inteligencia para presentarse en el sitio y momento oportunos.
Todo salió a pedir de boca del combinado al que España hizo trizas. Incluso Shevchenko, lejos aún de su mejor versión por culpa de esa lesión de rodilla que le fastidió el último mes, pudo celebrar su estreno como goleador mundialista. Ante la pasividad de sus marcadores, improvisados padres condescendient firmó con la testa el 0-3 en el primer minuto de la segunda parte. Era su diana 30 en 66 entorchados internacionales. Luego, regaló el cuarto a Kalinichenko con un pase genial y poco después se retiró y devolvió el ánimo de la grada, que le aclamó al grito de “¡Sheva, Sheva!”.
Ocurre que esta vez, Ucrania se midió con un rival que no marca ni de lejos y carece del oficio mínimo exigido para andar por un mundial con cierta garantía. Algunos de sus príncipes poseen técnica, visión de juego, pero se nota que, por culpa de las trabas que les ponen para salir de su país, no pueden crecer en el torneo doméstico. Les falta el plus de cualquier selección con profesionales fogueados en las grandes ligas.
Los saudíes llevan cuatro Mundiales consecutivos pero, salvo en Estados Unidos 94, regresaron con las orejas gachas a las primeras de cambio. Cuesta creer que acabasen la clasificación por delante de Corea del Sur y que lleguen a la última jornada sin estar eliminados de forma matemática. Pero España no tiene nada que temer y Luis puede hacer, sin el menor riesgo, cuantos cambios estime oportunos.
La puesta en escena ya dejó patente lo que sería el resto del partido. Frente a unos árabes timoratos, frágiles y desubicados en Alemania, los ucranianos impusieron un alto ritmo a la europea. Exigidos desde el banquillo por un técnico que no paraba de arengarles, de gritarles, salieron decididos a merendarse al adversario. Y a los ucranianos les ocurrió justo lo contrario que ante España. Casi en su primera llegada, encarrilaron el triunfo.