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Lunes, 19 de junio de 2006
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Valencia
Recordando a Tomás y Valiente
Hace diez años que Francisco Tomás y Valiente fue asesinado por ETA. Ese crimen, y la publicación de su último artículo –que llevó el título ¿ETA, qué hacer? – pusieron sobre la mesa de la discusión teórica, de nuevo ayer como hoy, el viejo asunto de la razón del Estado que también pudiéramos formular someramente como el estado de las razones. Pues de ello se trata fundamentalmente. El Estado social y democrático de derecho que consagra la Constitución –y al que dedicó su vida y su muerte Tomás y Valiente– es la moderna razón del Estado. Entendámonos: al margen de la discusión política partidaria –absolutamente legítima en democracia– debemos preservar el sentido, función, legalidad e institucionalización del Estado democrático mismo. Lo que apunto no es baladí. Y con el paso del tiempo soy de los convencidos de que la sociedad española deberá recuperar la plena realidad social y política de las instituciones y, lo que seguramente es mucha más trascendente, el civismo constitucional.

He mantenido y lo sigo haciendo hoy, que la nación es mucho más importante que el Estado. La voluntad renovada de vivir juntos es el sustento legitimador de la nación moderna. El Estado, por tanto, la plasmación institucionalizada de esa voluntad. Cualquier cosa, o quien sea, que trate de suplantar esa relación atenta de modo directo y contundente contra el espíritu de la Constitución y contra el marco de convivencia, libertades públicas y desarrollo político democrático que la misma determina y establece.

Vivimos momentos políticos complejos desde el punto de vista histórico. La Constitución se hizo por todos y para todos los españoles. Y esta reflexión hoy no es inútil, ni está completamente hecha, ni siquiera esbozada. La reflexión de Tomás y Valiente iba en esa dirección y camino –lugares, obviamente, que pueden y deben ser transitados nuevamente por todos los demócratas españoles–. Tan sólo sobra ETA. Efectivamente, como bien escribiera Paco Tomás y Valiente, somos “nosotros “ frente a “ellos’’. Y ese nosotros colectivo, reforzado por la iniciativa del pueblo español en su conjunto de forma pública y notoria, no puede ser traicionado por nada ni por nadie. Ese “nosotros “ colectivo es la voluntad de convivencia libre que justifica y ampara la institución democrática de la voluntad general que representa el Estado constitucional. Por tanto, ninguna separación entre los españoles es legítima.

No puede haber enfrentamientos territoriales o ideológicos más allá de las diferencias que identifican a los que, por compartir valores comunes, pueden disentir civil y democráticamente en el seno de una sociedad culta que se respeta y que se hace respetar. Si la muerte, ya lejana, de Francisco Tomás y Valiente sirviera hoy todavía, como ayer, para ahondar y profundizar serenamente en esta reflexión colectiva –tan preciosa para el momento presente, y sobre todo , futuro de nuestro país– su memoria quedaría honrada. Concibo una España descentralizada a fuerza de plural, basculante en su diversidad cultural, lingüística y económica, integradora de sus diferencias –gracias a las que somos más ricos y más cultos– y expresión múltiple, por tanto, de los diversos modos en que nosotros, los españoles, hemos decidido vivir juntos sin otras hipotecas que las derivadas del ejercicio práctico de esa voluntad de convivencia.

Tenemos derecho a seguir diciendo que es más importante, infinitamente más, cultivar los valores que nos unen que las diferencias que nos separan. Para ello es imprescindible, de cara a la profundización constitucional de la democracia española, aceptar también la necesidad de algunos extremos. Son, a mi juicio, estos los siguientes: España puede ser entendida constitucionalmente desde un punto de vista plural en la cultura –precisamente por compartir una cultura común–, autonómico en las instituciones y, desde luego, económicamente integrada.

Podemos pensar España desde un punto de vista plural y múltiple, constitucional y abierto a la convivencia de todos los españoles entendidos como ciudadanos libres e iguales de un mismo país. Ello no impide, bien al contrario, el reconocimiento de la propia pluralidad constitucional y el deseo de integración permanente y constante de las diversas lenguas y realidades culturales españolas vinculándolas al respeto a la Constitución y a los valores que la definen. Ciertamente que para consolidar, cono quiso Francisco Tomás y Valiente, ese proyecto cívico de convivencia política se precisan algunas añejas virtudes. La principal, e irrenunciable, la finura de espíritu.