Una de las islas de abundancia y bienestar que existían en la época soviética era la llamada ‘Ciudad de las Estrellas’, el centro de entrenamiento de cosmonautas, creado en 1960 y situado a unos 55 kilómetros de la Plaza Roja. Dentro de los límites de una extensa verja custodiada por soldados estaban, y siguen estando, no sólo los pabellones que albergan todo lo necesario para preparar los vuelos al espacio, sino también las viviendas en donde residen los propios cosmonautas, las personas que velan por ellos y todo el personal auxiliar del complejo.
En aquel entonces eran seres privilegiados. En el interior de la base las tiendas estaban siempre repletas. Desconocían las penurias que soportaba la mayoría de los ciudadanos del país. Vivían además en chalés en donde no se escatimaban los metros cuadrados. Y no era para menos. El programa espacial ocupaba un lugar de primera fila en la doctrina defensiva de la Unión Soviética. Había que cuidar a los profesionales vinculados a ese gran proyecto.
Cualquier extranjero llegado a Moscú en los años del comunismo terminaba oyendo hablar de la ‘Ciudad’ como una especie de paraíso inaccesible. El secretismo y cerrazón del régimen acrecentaban la curiosidad. Todos queríamos saber qué se cocía en el interior de esas instalaciones ocultas en medio de un frondoso bosque cerca de la localidad de Shólkovo. En los mapas editados hasta bien entrados los 90 el centro espacial ruso ni siquiera aparecía.
Barbacoa con Michael
La primera vez que tuve oportunidad de visitarlo fue en 1992. La URSS había dejado de existir y eran ya habituales los programas de cooperación e intercambio con la NASA. Con la Agencia Espacial Europea (ESA) acababan de empezar. Los rusos necesitaban dinero y su dilatada experiencia en vuelos tripulados de larga duración atraía a americanos y europeos.
En el marco de uno de esos acuerdos, vino a Moscú, en noviembre de 1992, Pedro Duque, que acababa de ser seleccionado por la ESA para integrar su cuerpo de astronautas. Duque iba a participar en un cursillo de cuatro semanas en la ‘Ciudad de las Estrellas’. Era la primera toma de contacto de astronautas europeos con la técnica espacial rusa así que, me dije: “la ocasión la pinta en calva”. Tras solicitar los correspondientes permisos y superar todo un rosario de trabas burocráticas recibí por fin el pase para poder ir a entrevistar a Pedro.
Después de atravesar la barrera que da acceso a la ‘Ciudad de las Estrellas’ y recorrer una hilera interminable de abetos, llegué a una ancha avenida. En medio de la plaza central se yergue la ‘Casa del Cosmonauta’, salón de actos para las grandes ocasiones. Alrededor, 16 tiendas, un restaurante, un café, un cine, una oficina de correos, una farmacia, una guardería y un colegio. La pequeña población se asemeja todavía en la actualidad a las ciudades balneario que los jerifaltes comunistas se hacían construir para descansar. En una zona contigua se agrupan los pabellones del centro de entrenamiento. El medio de transporte más usual es la bicicleta.
Nada especial. La verdad es que quedé algo decepcionado, esperaba algo más espectacular. “Los rusos han convertido la investigación espacial en algo habitual, cotidiano e incluso gris y eso ayuda a desmitificar la profesión de astronauta”, me decía entonces Pedro Duque al observar mi perplejidad. En 1996, conocí también a Michael López-Alegría, astronauta americano de origen español. Era el director de operaciones de la NASA en Rusia y le parecía la ‘Ciudad de las Estrellas’ demasiado tranquila y aburrida. “Una vez que has terminado la jornada de entrenamiento, no hay nada que hacer. Leer es la única diversión”, comentaba.
López-Alegría se encuentra otra vez en el centro espacial ruso preparándose para una estancia de seis meses en la ISS. El lanzamiento tendrá lugar en octubre y volará a bordo de una Soyuz. La semana que viene, nos ha invitado a un grupo de amigos a su casa en la ‘Ciudad de las Estrellas’ para hacer una barbacoa. El permiso para acudir al fiestorro tarda quince días en tramitarse, lo mismo que en la época soviética.
Delincuencia cero
El severo régimen de acceso es para la mayor parte de sus habitantes una ventaja más que un inconveniente. Es tal vez el único privilegio que les queda. Los comercios no son ya los más baratos y están surtidos con lo mismo que todos los demás en Moscú, pero se pueden permitir el lujo de dejar a sus pequeños ir a cualquier parte, sabiendo que los guardias no les permitirán traspasar los límites de la base. El nivel de delincuencia es cero.
En la ciudad viven 7.000 personas. Los jubilados constituyen casi la mitad de la población mientras la tercera parte son menores de 16 años. Casi ninguno de ellos quiere ser cosmonauta. “La profesión está perdiendo atractivo”, se queja Serguéi Avdéyev, uno de los cosmonautas rusos más veteranos. “Los héroes en Rusia ya no somos nosotros, sino los ejecutivos, que ganan más”.