Cuando el nuevo presidente de la Reserva Federal, Ben
Bernanke, tuvo su primera intervención pública en febrero de este año, todo el mundo en Wall Street estuvo de acuerdo en una cosa: se notaba que era profesor universitario, porque su discurso era más claro, conciso y directo que las temidas parrafadas de su antecesor, Alan Greenspan, quien en una ocasión dijo aquello de: «Si usted me ha entendido, seguro que no me he explicado bien». Bernanke parece haber dejado de seguir los complejos indicadores que manejaba Greenspan (y que en opinión de muchos sólo él usaba y sólo él entendía), para recurrir a un esquema mucho más convencional y muy pegado a la inflación. Lo clásico en un monetarista puro como él: si sube la inflación, toca subir los tipos, y punto. Y además parece bastante contundente tanto en sus discursos como en sus respuestas a periodistas y congresistas. Sin embargo, el mercado, que al principio recibió bien este nuevo estilo, ahora no lo tiene tan claro. Hasta el punto de que las últimas intervenciones de Bernanke, quizás por pasarse de claras y contundentes en su mensaje de que no le temblará la mano con otra subida de tipos (posiblemente el 29 de junio) para frenar una inflación preocupante, han provocado más nerviosismo que otra cosa. Parece como si el mercado echara de menos los circunloquios de Greenspan, que quizás indicaran una permanente actitud de prudencia, vigilancia y un «confiad en mí, que sé lo que digo y sé lo que hago». A Bernanke le falta la primera y la tercera parte: aún no se confía en él y, aunque parece que sabe muy bien lo que dice, tiene que demostrar que también tiene tan claro lo que hace. Así que, de momento, este hombre sigue siendo una incógnita: Bernan... ¿qué?.