Cualquiera que tenga noticia de los malos momentos que vive la citricultura española y de que, a pesar de ello, ha optado el sector por reducir drásticamente su gasto en publicidad, se preguntará, con toda lógica: ‘‘Pero es que esta gente ¿ha enloquecido?’’
En un panorama de aumento de la producción y de estancamiento del consumo, lo más adecuado no parece ser la reducción de la inversión publicitaria, porque cualquier empresa decide, en similares circunstancias, justo lo contrario.
¿Por qué los citricultores han decidido este aparente paso atrás? Porque, para mayor inri, han sido los agricultores los que han optado por dejar el asunto en la mínima expresión, y si alguien tiene un problema de verdad es el agricultor, al menos de forma inmediata, aunque a la larga también alcanzará a todos.
Queremos decir que es el productor quien tiene más necesidad de que salga su producción; el que comercia con ella, al fin y al cabo, puede hacerlo con la de aquí o la de otra procedencia, y en un régimen de abundancia y puertas abiertas tiene donde elegir.
¿Por qué, pues, ese empecinamiento por prescindir de un gasto que, además, significaba muy poca cosa para el productor?
Más que el dinero en sí, el detonante ha sido la insatisfacción general del campo, por la situación en general, por el empobrecimiento continuado de quienes producen la materia inicial que alimenta a toda la cadena, la falta de compromiso con su causa, la evidencia de que las últimas campañas publicitarias no han servido para nada, la sospecha de que estaban mal enfocadas en sus objetivos y, como remate, la falta de cumplimientos desde el lado comercial.
Porque hubo un pacto, hace un año, para avenirse los productores a cotizar con su parte para la publicidad. Pero luego no se ha visto la contrapartida de un esfuerzo suplementario por vender mejor, por no entregar la mercancía, por defender unos precios dignos... Y todo se ha traducido en nuevos desastres de liquidaciones que no dan para nada. O sí, sólo unos pueden aún hacer ostentación de lo suyo, a costa del escarnio de otros. Y los otros, claro, han dicho: hasta aquí llegamos, o se cambia de verdad o no hay nada, y menos aún publicidad genérica e insulsa.
Campo a través