un grupo de delincuentes vigila un polígono industrial. Observa qué coche es el más lujoso, donde aparca y donde trabaja su conductor. Estudia a la víctima: si es empresario o un trabajador de la industria. Si cumple la primera premisa, analiza sus horarios y sus costumbres diarias. Averigua su domicilio. Espía. A veces, obtiene información adicional del entorno de la presa. Tras el proceso de vigilancia exhaustiva, sólo tiene que ejecutar el secuestro exprés. ¡Zas!
Así lo tramó la banda que intentó raptar a la hija de un empresario valenciano en su domicilio situado en un edificio junto a la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Los delincuentes son, según fuentes policiales, los mismos que asaltaron violentamente el chalé de Francisco Ramírez en Canals. El secuestro de la pequeña se frustró porque la familia modificó su cotidianidad: una visita de la menor al médico hizo añicos los planes de los secuestradores.
Algo que no pasó en el caso de Iván Hernández, que, con sólo doce años, saboreó el horror hace cinco días. Fue retenido y, horas después, liberado en Torre Pacheco. Su delito: ser hijo de un empresario. El padre confiesa que no tiene una gran fortuna, pero disfruta de una vida acomodada. Tras unas horas de cautiverio, el niño respiró libertad tras el pago de 50.000 euros. La familia, cuya empresa de construcción emplea a 52 trabajadores, cedió al chantaje de los secuestradores.
Los delincuentes que recurren a este tipo de extorsión “no eligen una víctima excesivamente acaudalada porque saben que el empresario de cierto nivel tiene protección”, explica Benjamín Lara, criminólogo y policía de Valencia. “Las víctimas suelen ser empresarios que no esperan ser objeto de chantajes”, matiza.
“El secuestro exprés fácilmente puede generar en un homicidio o asesinato. Si los raptores pierden el control de la situación, puede haber un desenlace violento. En cambio, si la víctima paga, los delincuentes cumplen su parte”, explica Alberto Piñero, profesor de Sociología de la Universitat de València.
seguro
El factor sorpresa, una característica del secuestro exprés, es parte del éxito de este delito. “La víctima ante el terror que genera la retención apenas tiene posibilidad de reacción, y cede. No llama a la policía por temor a que hagan daño al retenido o a los suyos”, asegura Piñero.
Cualquier delincuente puede cometer un rapto rápido. “Un coche, un arma blanca y una presa son suficientes. No requiere que los secuestradores estén preparados militar o físicamente”, comenta Lara, quien atribuye a esta tesis el auge de este método de extorsión. Pero hay otras razones que explican por qué el secuestro exprés está de moda entre las mafias organizadas, que igual asaltan chalés que retienen a empresarios. Coinciden los expertos en que la falta de infraestructuras impulsa a los secuestradores a dar el golpe: “No necesitan ni zulo, ni cuidar a la víctima”.
En el maletero del coche o en una furgoneta, el rehén pueden esperar el tiempo suficiente hasta que confiese las claves de sus tarjetas de crédito o el de la caja fuerte, o bien, un familiar pague el rescate.
No siempre sale bien. El pasado viernes la policía de Alicante liberó a un joven que fue secuestrado en los alrededores de su casa de Gandia para extorsionar a su familia. La víctima pertenecía al clan de los Capito a quien los captores exigían 20.000 euros.