su infancia sabe a helado. La amenaza a presente no es amarilla, sino italiana. Disfruta de los 365 sabores del año. No se derrite ante la adversidad.
–¿Vio el partido de España?
–Por supuesto.
–¿Los futbolistas metieron cuatro goles, como cuatro bolas de helado?
–Es una comparación fría, pero podría valer. Cuatro grandes bolas.
–¿Tenía un helado en la mano?
–No, exactamente. Acabada de tomarme uno porque después de comer siempre lo hago. Suelo probar los que hago en el día. Es como un control de calidad: mi familia prueba la producción diaria.
–¿Cuántos helados se ha tomado en su vida?
–Es incalculable. Nací en una heladería, vivo en ella. Mis abuelos y padres trabajaron en una heladería... Imposible saberlo.
–¿Moriría en ella?
–No tendría inconveniente. Es un lugar muy cálido, aunque la idea de morir no me gusta.
–¿Recuerda su primer helado?
–El primero que recuerdo me lo dio mi abuelo. Era de mantecado.
–Si la infancia fuera un helado, ¿qué sabor tendría?
–Chocolate.
–¿Y la madurez?
–El mantecado, porque recuerda a lo antiguo.
–¿Los clásicos nunca mueren?
–Exacto: Jijona, leche merengada, chocolate y mantecado...
–Para ser durante ocho años presidente de la Asociación Nacional de Heladeros Artesanos, ¿hay que dar cremita a todos los asociados?
–No, hay que tratarlos bien. Yo intento cuidar a los asociados.
–¿Se ha ganado su liderazgo vendiendo helados hasta en Siberia?
–En Siberia, no. En España, en todos los rincones.
–¿Hay alguna zona del planeta a la que no ha llegado el helado?
–Yo no la he encontrado. A todos los sitios donde he ido había helados... era italiano.
–¿Llegarán a la Luna?
–Si hubiera mercado, yo los llevaría. Es cuestión de tiempo.
–Los chinos, que amenazan a la industria textil y del calzado, ¿harán lo mismo con su negocio?
–No han descubierto el helado como negocio, pero hoy no hay amenaza amarilla.
–Son los italianos quienes se llevan la fría fama...
–No son mejores heladeros que nosotros, pero saben venderse.
–Ellos triunfan también entre las mujeres. ¿Conquistó a alguna mujer con su trabajo?
–A ninguna. Ni siquiera a mi mujer, que era clienta mía y no lo sabía.
–Si la mitad de la población está a dieta, ¿usted no hace negocio?
–El helado no tiene la culpa de que la comida de delante engorde.
–¿Se imagina a la ministra de Sanidad prohibiendo el helado para atajar la obesidad infantil?
–No sería una buena idea. El ministerio debe enseñar a comer bien, sin prohibiciones.
–En invierno, ¿pasa vacas flacas?
–Sí, yo hago el agosto en agosto.
–¿Es de los que desea que la olas de calor subsahariano vengan un día sí y otro también?
–El calor rentable es que el hace posible pasear. 30 grados es la mejor temperatura para vender.
–¿Cómo se combate mejor el calor: con horchata, con helado o con aire acondicionado?
–Con esa sabia combinación.
–¿La inmigración ha llegado al mundo del helado?
–Sí, ha traído el dulce de leche.
–¿La integración de los extranjeros, como el helado, se derrite?
–La integración es cuestión de dosis.
–¿Un helado podría unir a Zapatero y Rajoy de por vida?
–Sí, yo creo que sí.
–¿Qué sabor tendría?
–De turrón de Jijona.
–Para dejar de fumar, no sufrir estrés, contra la depresión... ¿se inventará aquel que siembre la paz para siempre?
–Habría que inventarlo, ya.
–¿El helado es la hermana pequeña de la gastronomía?
–Sí, aunque intentamos que no lo sea.
–Torreblanca es maestro pastelero, Raúl Aleixandre y Toni Acosta tienen estrellas Michelín. ¿Los envidia?
–Sí, me gustaría que la consideración social del heladero fuera igual que la de cocineros y pasteleros.
–¿Tendrá que nacer un Ferran Adrià heladero?
–Sí. Queremos crear los estudios universitarios de técnico en helados artesanos.
–¿Usted podría emular a Adrià?
–Hago mis pinitos.
–¿A usted que le deja helado?
–La mala educación
–¿Qué es lo más dulce?
–El cariño.