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Sábado, 10 de junio de 2006
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C. VALENCIANA
la torrà
Sant Jordiet
Sant Jordiet era un niño. Es lo que reclaman quienes dicen que una niña no puede hacer ese papel en las fiestas de Alcoy. Tengan o no razones, lo cierto es que no era ni un niño ni una niña. Era un caballero. Aunque, ¿quién puede asegurar que no era una dama encerrada en un cuerpo de caballero? Desde la nueva perspectiva de la ley Zapatero para los transexuales quizás es discriminatorio y hasta vejatorio cuestionar la sexualidad de Jordiet e impedirle desarrollarse con libertad de género.

No es la primera vez que las fiestas alcoyanas se plantean incorporar mujeres en espacios de la fiesta propios de hombres. Propios, porque lo han sido hasta ahora, no porque solo puedan ser suyos. Ciertamente los hombres eran quienes se batían en el campo de batalla en el bando moro y en el cristiano pero el recuerdo del hecho histórico es ahora un motivo de alegría y fiesta, no una réplica militétrica de lo sucedido. Por eso pueden participar –y deben- las mujeres que lo deseen pues no se trata de hacer una reconstrucción para que investigue la policía científica sino de crear espacios de diversión para todos.

Con el papel de Sant Jordiet debería suceder lo mismo sin demasiados traumas. Primero, porque son niños. Segundo, porque no sería la primera vez que los papeles teatrales se han alterado entre hombres y mujeres. Sin ir más lejos, en el Misteri d’Elx, el papel de la Virgen lo hace un niño porque en el teatro medieval no intervenían mujeres.

El problema en este embrollo es el uso de modos que alejan una justa propuesta de una resolución pacífica. Se llega hasta tal punto de enfrentamiento que incluso una resolución a favor de la niña sería incómoda para ella, pues, por mucha ilusión que tenga, se ha visto envuelta en una polémica en la que no debería estar.

Que las fiestas deben actualizarse sin perder la esencia, es natural. La esencia no se pierde porque un papel ficticio lo haga alguien en una línea más acentuada de ficción. Si ese personaje no es más que una representación de lo que fue, no hay motivo para que esa falsedad necesaria incluya la identidad sexual de su protagonista.

Para lo que no hay justificación es para los modos broncos, las amenazas o la sobreexplotación de lo conflictivo por otros intereses.



 

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