Casa Barrachina hacía unos bocadillos de blanco y negro asombrosos. Pero cerró. De nada valieron los lamentos de los clientes, que incluso estuvimos pensando en hacer pancartas y protestar ante la delegación del Gobierno: Casa Barrachina era una empresa privada y en uso de su libertad cerró el negocio cuando le apeteció hacerlo.
Sin embargo, intentar explicar esto a los partidos catalanes que pugnan contra las decisiones que Iberia quiere tomar libremente en Cataluña no es tarea facil: no entienden que la compañía aérea ya es una empresa privada, que cotiza en Bolsa y que toma con entera libertad las opciones de mercado que sus directivos estiman mejores. Aunque sea estimulante, es razonablemente inútil, pues, que se intente presionar sobre el Gobierno para evitar las decisiones que la dirección de Iberia tome; porque solamente los accionistas podrán aprobar o sancionar si dejar o no las instalaciones de Barcelona es erróneo o no, desde el punto de vista financiero, en la que un día llevó el título de compañía de bandera.
Claro que metidos en esta harina de las razones que anidan en decisiones tan delicadas, me gustaria que se estudiara no ya las décadas en que Iberia desasistió a Valencia cuando era una empresa de capital estatal y obligación nacional, que es agua pasada, sino la influencia de la atmósfera, del clima social, económico y político en esas resoluciones. Porque yo creo que hay una Bolsa intangible, la de la confianza y la estabilidd de horizonte, donde Cataluña ya hace tiempo que está cotizando a la baja. Y dicho sea sin acritud, ese dato, unido a otros más, acaba influyendo en la decisión de Iberia y en alguna otra que, como la de cerrar Braun, agobia ahora al desacreditado gabinete de Pascual Maragall.
Por eso, mientras Cataluña toma su libre deriva, me parece muy sano que Valencia, al frente de la Comunitat Valenciana, lleve su propia trayectoria y haga cotizar en la Bolsa de los intangibles, pese a que no parezca un valor rentable en tiempo de soberanías cantonales, su cohesión con España y una estabilidad política evidente.