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Martes, 6 de junio de 2006
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Los excesos enla televisión
Algo grande ha tenido que ser, pensé el pasado viernes. Si el señor Mariñas ha vuelto a la Televisión Valenciana, gordo ha tenido que ser. Luego me explican que sí, que la muerte de Rocío Jurado ha sido una noticia importante, pero que el aludido seguía en aquella pantalla como si nada hubiera pasado.

Lo diré sin aspavientos: en los últimos días he sentido una infinita distancia con lo que queda de mi profesión; algo que ni siquiera había experimentado en aquellas noches tremendas de directo tras el triple crimen de Alcàsser. Aquello se estudia en las facultades como un hito, un punto de no retorno en la historia de la televisión. ¿Pero a qué distancia ridícula han quedado aquellas horas lejanas con estos excesos?

Pienso en qué momento perdió España la medida justa de las cosas. Lo que hemos visto, esos programas y tertulias en directo, mañana, tarde y noche, configuran un espectáculo indescriptible en el que no ha faltado, toma deontología, ni el médico personal de la paciente. Y yo creo que nos dan una alarmante noticia del estado de cosas en nuestra sociedad. ¿Cómo explicar que el esfuerzo que supone colocar un helicóptero equipado con cabeza caliente y estabilizador para retransmitir en directo a varias cadenas la imagen del avance del sepelio de una cantante por las calles de su pueblo, es algo que en la mayor parte de los países del mundo se reserva en exclusiva para un nivel de Jefatura de Estado y que no hay nada, absolutamente, que justifique tamaño exceso, ridiculez y despilfarro?

Con todo, me alegra que haya pasado. Porque ha venido a brindar en bandeja una perfecta coartada moral contra cualquier exceso que pueda producirse, que sin duda se producirá, con motivo de la próxima visita a Valencia del papa Benedicto XVI. Después de ver lo visto, es obvio que todo será poco. De modo que si el PSPV ha callado con Mariñas y cuanto acabamos de ver, cuídese mucho de pedir cuentas a nadie sobre el gasto que nos venga a cuenta del viaje del Pontífice o los excesos que se observen en televisión. Porque no hay, absolutamente, ni el más remoto color.




 
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