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Martes, 6 de junio de 2006
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Valencia
El presidente rehén
Nadie habría predicho en 1990 que Alan García volvería a ser presidente de la República del Perú. Su gestión fue el paradigma del desastre económico y político, por no hablar de su propia conducta, que le obligó a expatriarse y a ser técnicamente un delincuente en busca y captura hasta que una amnistía arregló las cosas.

Pero este hombre, ya maduro y madurado (aunque sólo tiene 57 años) ha hecho público propósito de enmienda, ha contado de nuevo con el apoyo sin fisuras del APRA (Alianza Popular para la Revolución Americana), el único gran partido del país y, milagro final, le han votado también sus viejos adversarios conservadores.

Hay pocas dudas, en efecto, de que el adorable 24 por ciento de votos que fueron a la muy liberal y burguesa doña Lourdes Flores en la primera vuelta han ido en bloque a García, social-demócrata de la pretendida vieja escuela y hoy posibilista y práctico, según dicen. Todo para evitar el triunfo del ‘outsider’ Ollanta Humala, aspirante a ser el Hugo Chávez peruano, y que se ha acercado, aun perdiendo, a la mitad de los votos y ha ganado holgadamente en el Perú pobre, la Selva y la Sierra.

Ollanta tiene, además, la primera minoría en el nuevo parlamento, donde el APRA es la segunda y deberá forjar acuerdos, bien de fondo y para la legislatura o sobre grandes asuntos concretos. El flamante ganador es, pues, doblemente rehén: del campo conservador, como le ha recordado crudamente Flores, y de su propio pasado. Dejó Perú en 1990 en bancarrota y a merced de los terroristas es decir, en bandeja para que un tal Alberto Fujimori se alzara con el santo y la limosna.

El desafío que espera a García es conocido: cómo revertir hacia la mitad pobre (el 52 por ciento de la población medida con los standards internacionalmente admitidos) el auge económico que ha impulsado el presidente saliente, Alejandro Toledo. Ahora mismo, la peruana es la economía que más crece en las Américas, junto a la venezolana, pero sin el petróleo que en Venezuela lo explica casi todo.

Y hay que señalar, en fin, que la irrupción en escena y en su contra de Chávez, en violación de las normas observadas de no ingerencia en los asuntos internos del prójimo, le ha ayudado objetivamente. Chávez se ha equivocado en esta ocasión porque con el viejo progresista que es, o dice ser, García podía haber trabajado. Pero el escenario peruano-venezolano está literalmente devastado.



 

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