Es una suerte que el nacionalismo alocado de algunos no haya llegado a Chipiona. Así, Chipiona aún es España. Gracias a eso, las banderas de Andalucía y de España podían arropar a Rocío Jurado en el centro espiritual de Chipiona. Ella fue emblema de España para todo el mundo pero también representación de Andalucía y embajadora de Chipiona. La conjunción de las tres nunca se le hizo incompatible, al contrario, la enriqueció, y ella misma no se entendió sin las tres.
El problema es el intento por imponernos la incompatibilidad entre las distintas formas de ser españoles mientras que la realidad desmiente los motivos que se alegan.
Lo veremos de nuevo con el Mundial de fútbol que está a punto de comenzar. Si España lo ganara –esto ya es deporte ficción- pocos renegarían del triunfo; es más, si no hubiera un sentimiento de pertenencia ¿por qué hacer previsiones millonarias de espectadores en España? ¿Para ver a la selección de Montenegro? ¿O para regodearse viendo perder a España como harán 3 ó 4 en todo el territorio nacional (con perdón)?
Lo mismo ocurre con el triunfo español –y manchego- de Almodóvar; el triunfo español –y asturiano- de Alonso o el triunfo español –y valenciano- de Calatrava, por citar solo a algunos.
En una palabra, los hechos demuestran que las luchas políticas a cuenta del sentimiento patrio no siempre tienen un reflejo en la sociedad a la que, sin embargo, se apela constantemente. Si se revisan los acontecimientos colectivos que no tienen carga política, se mostrará esa divergencia entre lo mantenido en el discurso público y lo vivido por la ciudadanía con pruebas elocuentes. Por eso resulta más lamentable que se busque, intencionalmente, la oposición entre modos distintos de ser español.
Una de las formas actuales de exacerbarlo es apelando a la distribución geográfica de recursos o de problemas compartidos. Es el caso de los inmigrantes y la constatación de que su redistribución, para no sobrecargar a Canarias, es irregular según las zonas, o el caso de los efectivos de seguridad que se despliegan, sin motivos claros, más por una comunidad que por otra. Una política inconsciente o de privilegios produce el riesgo de crear motivos de agravios entre los distintos españoles. Agravios derivados, además, de su condición de valencianos, catalanes, manchegos o asturianos, es decir, el sustrato del independentismo violento y la lucha fraticida.