Entre los directivos de la Casa de la Caridad suele haber antecedentes familiares. ¿Es una tradición familiar?
–Sí. Hay una serie de apellidos con mucha tradición, como por ejemplo los Noguera o los Momparler. Sí, es una tradición porque de pequeñito estás oyendo hablar de la Casa y eso al final va impregnando. La actual directora también es nieta del primer apoderado que tuvo la asociación.
–¿Habría mucha más gente solidaria si se inculcara estos valores a los niños desde pequeños?
–Efectivamente. Uno de los nuestros objetivos que nos gustaría desarrollar más son las visitas de colegios. Lo que pretendemos es que los niños y los jóvenes conozcan esta institución nuestro trabajo social. Pasa muchas veces, que cuando viene la fallera mayor y la corte de honor en San José, nos dicen que conocen la casa porque la visitaron de pequeñas con el colegio a los 14 años.
–Con motivo del centenario buscan 365 empresas que aporten 1.500 euros para cada día de comedor. Esta tarea empezó bien y después se paró. Llevan 131 empresas. ¿Han fallado, quizás, las grandes empresas? ¿Qué tipo de empresas están ayudando? ¿Medianas y pequeñas?
–Muy pocas grandes empresas nos han apoyado. De grandes empresas habrán entrado media docena. Nos ha ayudado la mediana empresa, la empresa de ese tejido industrial mediano y pequeño que tenemos en Valencia. De las importantes, hay alguna que no es de Valencia, sino de Castellón, sin decir nombres. La respuesta que hemos tenido es muy baja, no hemos tenido la acogida que esperábamos. Hemos salido en los medios y si al final no llegamos a las 365 no sé si será un fracaso de la Asociación Valenciana de Caridad o del mundo empresarial. Yo creo que al final llegaremos a las 365.
–Usted dice que la pena es que sigue necesitándose una institución como esta, que ojalá no existiera la Casa de la Caridad.
–Sería una gran noticia, la mejor noticia que podría tener Valencia es que la Casa de Caridad hubiera cerrado sus puertas porque ya no se necesita más. Sería una maravilla, porque supondría que no habría más personas necesitadas de apoyo, más personas que necesitan reinsertarse en una sociedad de la que se han visto desplazadas.
–Pero eso parece muy difícil...
–Yo creo que eso es una utopía. Hace 100 años se fundó esta casa para suprimir la mendicidad y hoy sigue existiendo, además de otros problemas.
–¿Fruto de qué, de la desigualdad o de otro tipo de situaciones?
–Desde hace tiempo la sociedad se va mentalizando de que hay que apoyar más y aportar soluciones a los problemas. Pero cada vez hay más problemas. La vida va más deprisa, los ciclos económicos son más cortos y las circunstancias de las personas se agravan a más corto plazo, de tal manera que la edad media de las personas atendidas cada vez es menor.
–Ha cambiado el perfil...
–Antes era gente mayor y ahora la edad media está en alrededor de 40 años. Es triste que gente tan joven ya esté en situaciones de deterioro social, con problemas en un porcentaje elevadísimo derivados de enfermedades mentales, producidos por alcoholemia, drogadicción o desarraigo familiar. Incluso influyen circunstancias como separaciones divorcios, malos tratos... Todo eso, sin contar la inmigración. Vivimos en un mundo cada vez más individualizado. Se presta muy poca atención a la persona próxima. Las familias se deshacen. Antes los hijos cuidaban a los padres mayores... La incorporación de la mujer a la vida laboral también es un factor importante... Todo va cambiando y se crean por todas estas circunstancias situaciones de marginalidad y de personas que se ven abandonadas. Llega un momento en que se autoexcluyen de todo proceso social.
–Si se autoexcluyen, también podrán reinsertarse.
–Es uno de los trabajos que realizamos en el centro de día. Tenemos talleres para desarrollar capacidades, con cursos donde se imparte pintura, cocina, higiene encuadernación... Lo que intentamos con esas personas que se autoexcluyen es recuperarlas y buscar su integración a base de que vayan adquiriendo una serie de hábitos y recuperen su autoestima y se vean capaces de hacer cosas . Y sobre todo, que se sientan respetados. Hay quien pregunta si aquí tenemos problemas con la gente. En realidad si se respeta a la gente, la gente respeta. Los usuarios en su gran mayoría son respetuosos. Hay que tratar a la gente con la dignidad que se merece todo el mundo.
–También acogen a inmigrantes.
–Tenemos un convenio para poner las camas de emergencias que tenemos a disposición de las necesidades. La atención a inmigrantes no es un fenómeno nuevo. Desde hace mucho tiempo atendemos a un colectivo importante de inmigrantes. Los inmigrantes que están en el antiguo cauce del río parece que sean una novedad, pero aquí se les atiende desde hace cinco años. Algunos no quieren venir porque quieren tener una libertad. Algunos de ellos tienen recursos para tener una vivienda o una habitación, pero ese dinero es el que envían a su país, a sus familias.
–En 2004 los inmigrantes suponían más del 40% de las atenciones. ¿Y en 2005, a falta de que se presente la última memoria anual?
–Estamos ya en alrededor del 50%.
–¿A cuántas personas atendieron el año pasado?
–A unas 188.000, prácticamente las mismas que el año pasado, aunque son cifras provisionales.
–¿Cuánta gente forma parte del equipo y de la Junta de la Asociación Valenciana de Caridad?
–En la Junta, 22. Y tenemos un equipo importante de trabajadores sociales, educadores y psicólogos: 14 personas. Lo más importante que realiza la asociación es la sustitución de una política asistencial por un servicio profesionalizado. Hay que ver lo que esperan de nosotros. Los perfiles han cambiado. La inmigración no tiene nada que ver con la personas que vienen habitualmente hacia finales de mes porque se le han acabado los recursos económicos, porque ya no pueden pagar el alquiler o no tienen capacidad para comprar alimentos. Toda esta gestión está en manos de profesionales, que tienen mucho peso específico en los proyectos y las acciones que llevamos a cabo.
–En sus más de 20 años en la Casa. ¿Quién les ha apoyado más? ¿La izquierda, la derecha o ninguna de las dos lo suficiente?
–Voy a contestar políticamente. A lo largo de los años hemos pasado épocas mejores y peores, pero siempre hemos tenido el respeto de las instituciones.