Los frikis han salido del armario. Durante unos días, con motivo del Orgullo friki, las pantallas de televisión se han llenado de personas vestidas como los personajes de la Guerra de las Galaxias o de Star Trek. Su objetivo era reivindicar su derecho a ser como son aunque haya quien no entienda cómo se puede vivir volcado en la pasión por una película o un cómic.
Lo más positivo de esta iniciativa es ayudar a tomar conciencia de que todos somos frikis en potencia pues ¿quién puede decir que nuestras aficiones no están al margen de lo razonable? A menudo, se considera patológico el ir vestido con camisetas de Darth Vader mientras se valora a quien se arruina por llevarlas de Custo. Pokémon es infantil pero Jordi Lavanda es fashion. O sea, hay disfraces correctos y no correctos.
Ocurre algo similar con los modelos de referencia. Es extraño pretender parecerse a la princesa Leia y no a Elsa Pataki. Bien es cierto que los cánones de belleza al estilo de la Dama de Elche, por mucho que esté ahora por aquí, no son los actuales pero tampoco hay que olvidar que asemejarse a Leia es mucho más barato que imitar a la Pataki: con aquella basta una sesión de peluquería; con ésta, cientos de operaciones de estética y ni por ésas. En cualquier caso se trata de diluir la personalidad imitando a otro pero solo se censura a quien se viste de princesa, moños incluidos, y no a quien deja su “yo” y su hacienda en la mesa del quirófano.
El proceso de un “friki” está presente en otras actividades que, sin embargo, no son despreciadas, como la pasión por el fútbol, el tunning o los grandes vinos. En esos casos, se comprende socialmente que alguien disfrute con los objetos o los eventos de su interés. Algunos hacen colas interminables para ver a su equipo favorito, viajan hasta lugares lejanos, visten con la camiseta oficial, llevan su bufanda y destinan a ello buena parte de su sueldo. Sin embargo, cuando eso lo hace un amante de Star Trek se mira como si de una desviación se tratara. En ambos casos, es una afición que hace disfrutar pero también, en ambos, puede ser una preocupación si se convierte en el eje de la vida y en una realidad paralela que hace olvidar la propia.