Uno de los indicadores del desarrollo de un país es la impresión de seguridad ciudadana. La presencia adecuada de las Fuerzas de Seguridad y la eficacia del sistema judicial son garantías de la convivencia en paz, motor inevitable del desarrollo de una sociedad. Sin embargo, la “impresión” de seguridad es más que el funcionamiento de los mecanismos que aseguran la convivencia. Cuando se habla de “impresión” se está enfocando el tema desde la subjetividad de quien sufre una situación que le crea una sensación, sea o no real.
La “impresión” es la sensación de sentirse protegido. Esa confianza, como en el ámbito bursátil, es la que hace progresar. Cuando un ciudadano siente que su dinero está seguro, lo invierte dándoselo a una entidad de la que no duda –al menos, cree que no perderá ese dinero-. De lo contrario, intentará guardarlo bajo el colchón por miedo a quedarse sin él.
Del mismo modo, cuando un individuo se siente seguro, sale a la calle sin temor, conduce su coche, lleva a sus hijos al zoo, vive en una zona residencial o va al parque a pasear. Sin embargo, si hay miedo, su calidad de vida se reduce notablemente y eso lo conocen muy bien los concejales y diputados que viven en el País Vasco y no comulgan con las tesis de ETA.
Igual que la desconfianza financiera paraliza la economía, el miedo a la inseguridad ciudadana paraliza la vida social o al menos la dificulta, la enrarece y fracciona las relaciones humanas.
Esa, quizás, es la peor consecuencia de la dinámica a la que asistimos en relación a la violencia. Leemos informaciones sobre un incremento de robos violentos en casas y chalets. Contemplamos el enfrentamiento entre Gobierno autonómico y nacional reprochándose no actuar contra la violencia y dando la impresión de que los medios humanos y los recursos económicos no son suficientes para atajar una delincuencia en aumento. Vemos realidades próximas que son más violentas si cabe, vinculadas a hechos que no deberían derivar en esos actos como la celebración del triunfo del Barcelona en las Ramblas o las protestas por mejoras laborales en París.
Es posible que, hasta ahora, el ciudadano no haya experimentado un incremento del miedo, pero, si es verdad que nuestra seguridad es un arma de ataque político, el nivel de irresponsabilidad de nuestros dirigentes es como para cuestionar su continuidad.