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Martes, 23 de mayo de 2006
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Qué extraña fue la juventud
Un joven amigo me dijo ayer: “Los últimos diez años los he vivido casi sin darme cuenta, ahora todo es más previsible pero también más apresurado que antes, en mi niñez las horas pasaban lentamente, durante una tarde ocurrían cantidad de cosas, tardaba en llegar la noche pese a lo mucho que me divertía... Paradójicamente, pienso que mi infancia discurrió con una asombrosa rápidez”.


L a reflexión me trae a la memoria los últimos versos de ‘Los veranos’ ( La última costa), de Francisco Brines: “Hoy parece un engaño que fuésemos tan felices/ al modo inmerecido de los dioses. /¡Qué extraña y breve fue la juventud!”.


L a turbación del último verso me lo produce el adjetivo extraña . Que la juventud fue demasiado breve es sentido así por casi todos. El único paraíso perdido para siempre es el de la infancia. Pero la primera juventud, además de fugaz (en el recuerdo) es sobre todo enigmática. “Yo no soy el mismo que fue niño o adolescente”, asegura Brines.


C uando recordamos nuestra niñez y adolescencia –un tiempo en el que apenas teníamos conciencia de la muerte, el dinero o las ideologías– surge la perplejidad: “¡Qué extraña fue la juventud!”. En realidad estamos recordando a otro.


B rines ya ha tomado posesión de su silla en la Real Academia Española (digo silla en vez de sillón para evitar la cacofonía con posesión; además, silla es menos engolado, más natural). Cada vez que hablo con Brines, aprendo cosas de la vida. A veces es sólo un matiz. Pero, invariablemente, un matiz muy hermoso.


C on motivo de la entrevista que publicó el domingo LAS PROVINCIAS, Brines hizo un estupendo apunte sobre medios de comunicación y santidad. El poeta de Oliva es magnífico cuando se adentra en inesperadas digresiones.


E n Oliva –y en muchas otras ciudades– hay numerosas mujeres santas que lo dan todo por los demás, que cuidan de los hijos, los maridos y los padres sin pedir nada a cambio. Se desvelan, atienden a los enfermos, luchan honestamente por sacar adelante a los suyos... Y no esperan otro reconocimiento que recibir cariño. Para mí eso es santidad. La prensa nunca dice nada de estas mujeres. Sin embargo, si un día un enloquecido mata aquí a varias personas, los telediarios abrirán con esa noticia y los periódicos le dedicarán páginas y páginas a la matanza. Se difunde la barbarie y se silencia la virtud”, lamenta el poeta. Brines, como siempre, tiene razón.



 

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