Todavía me sorprende encontrar almas, no sé si cándidas o no, que se toman el festival de Eurovisión en serio. Conozco personas que no opinan ante la presunta tregua de Eta, el Estatut de Cataluña, el pufo filatélico, el drama de los desesperados de los cayucos, la desolada tierra iraquí que tanto nos recuerda al páramo de Mad Max o la delincuencia organizada que asalta salvajemente los chalés, pero si les nombras Eurovisión se diría que pulsas en ellos una curiosa tecla de fervor patriótico cargado de vieja retórica hueca. En fin.
Imagino que el festival eurovisivo nació con la misión de vertebrar las aldeas de Europa gracias a esa modalidad melódica llamada “canción ligera”, variedad musical plagada de buenos sentimientos y corcheas cursis que jamás logró captar mi sensibilidad. Pero ya sabemos que el paso del tiempo causa estragos y que los inventos degeneran hacia terrenos insospechados, así pues, Eurovisión se convirtió desde hace años en un espectáculo de variedades de pueblo pero con mayor presupuesto para iluminación, mejor patio de butacas, mayor cantidad de lentejuelas por metro cuadrado y una robusta cobertura televisiva para colmar el gozo de los espectadores cuando el emocionante momento de las votaciones. Por lo menos este año ha irrumpido una saludable gamberrada que ha provocado nuestra risa. El triunfo de Lordi, los finlandeses disfrazados de actores del pasaje de terror, supone una bofetada hacia el rancio y amembrillado espíritu del festival. Su cantante celebraba el éxito a bordo de una limusina pimplando a morro de una botella de licor. Jaime Morey nunca lo habría hecho. Ni Betty Missiego, ni Mocedades, ni Micky, ni José Vélez...